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Articulo Antonio Serrano Santos
CARNAVAL
26
enero 2008 Antes de entrar en
materia, vaya por delante mi calurosa felicitación a "Chikid
Electrónica" por su nuevo diseño y por su gran dedicación al
periódico.
Carnaval tiene tanta importancia por su origen y
connotaciones que no es posible, en este pequeño espacio que
me dan, generosamente, tratarlo profunda y extensamente,
como se merece. Dejo, por tanto, a los eruditos y a los que
dispongan de más espacio el tratarlo debidamente. Me limito
a una sencilla y somera aproximación al tema, al alcance de
todos.
Carnaval es una contracción y derivación del
latín “Carnes tollendas”, traducido libremente por “quitar
la carne”. Prescindir de ella”. Su origen proviene del culto
y liturgia cristianos. Antes de entrar en la Cuaresma,
tiempo de ayuno y “penitencia”, como preparación a la
Pascua, o Pasión y Resurrección de Cristo, el cristiano
prescinde, momentáneamente, de todo lo que puede estorbar al
espíritu para meditar, contemplar e imitar a su modelo de
vida, Jesucristo, trascendiendo la materia, que lo
animaliza, librándose de su lastre que impide elevarse a su
espíritu.
No es
por desprecio a la carne, sino al impedimento, que, en
ciertos momentos, le estorba, como una mala digestión nos
impide estudiar, leer, pensar libremente. De ahí los
contemplativos con sus largas horas de ayuno, en los
monasterios y en la tradición de los grandes eremitas en el
desierto.”La carne para nada aprovecha-decía el mismo
Jesús-, el espíritu es el que da vida”.
Pero el
cristiano es hombre. Su cuerpo, carne, al fin, necesita
alimento material. Las necesidades que le exige su cuerpo,
como carne, son sensaciones carnales: sexo, sensualidad,
placeres sensibles, placeres que le suscitan la belleza
física, los colores, los sabores, el tacto; sus cinco
sentidos. El uso, y no el abuso de estos placeres, mantienen
en equilibrio su espíritu, su mente. A nivel animal, como el
animal que se satisface y no quiere más, el hombre también
tiene un límite natural. Cuando lo sobrepasa se convierte en
un puro animal, en un hombre desequilibrado.
El
Carnaval es la exaltación de la carne, sin que suponga eso,
de suyo, malicia o inmoralidad. Se despide de la “carne”, de
momento, porque siente la llamada de una mayor valoración,
la del espíritu; porque la carne sin el espíritu no es nada.
Y se despide valorando, también, su “carne”, sabiendo que
volverá a ella. Y lo hace usando todos los medios o valores
que con que Dios ha dotado su carne. Abundan los colores
vistosos y chillones, en una “orgía” y competencia de
trajes, bailes, canciones, ritmos, carruajes, luces y
desfiles de jóvenes, viejos y niños, con los más
deslumbrantes trajes y disfraces en una explosión de alegría
desbordante, irresistiblemente contagiosa, delirante. No hay
lugar para la tristeza, el hombre se quita la máscara diaria
y se desnuda tal como es: hombre, de carne y hueso.
Si Dios
hubiera creado la naturaleza sólo de color gris, sería un
Dios triste. Pero la adornó de muchísimos colores. Por eso
nos alegra la primavera cuando salimos del triste y gris
invierno. Dios es alegre y quiere que el hombre lo sea.
Decían los antiguos: “Un cristiano triste es un triste
cristiano”. Hubo época en la historia del cristianismo, y en
otras religiones, que aún siguen, en que la carne, el
cuerpo, era malo. Una falsa lectura de la Biblia, una
actitud fundamentalista, legalista, ajena al espíritu de la
letra.
La misma Biblia dice en un salmo: “Mi alma
tiene sed de Ti; mi carne te desea como tierra seca, sin
agua”.El espíritu desea la felicidad que le corresponde como
espíritu, y la carne, el cuerpo, desea, necesita, la
felicidad que le corresponde como cuerpo. Por eso, Dios no
puede destruir lo que ha creado, con la muerte, como algunos
creen. “Nada se crea ni nada se destruye; todo se
transforma”, dice un principio, aún, en ciencia. Con su
resurrección, Dios, en Jesucristo, lo confirma. Cuerpo y
espíritu, volverán a ser un todo: el hombre.
Y, lo mismo que en el carnaval, el hombre
canta, ríe, se alegra y viste de colores, ama su cuerpo con
todas sus sensaciones, en la plenitud de su ser, superada la
muerte, la muerte de su cuerpo, de su carne, cantará, reirá,
y vestirá de mil colores nuevos, en una tierra nueva, en un
carnaval eterno, proclamando el valor divino de lo humano,
para gloria del que hizo la materia y el espíritu y vio,
después, “ que aquello era bueno”. |