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Antonio Serrano Santos
ENTRE EL AMOR Y EL
ODIO
(MI ENCUENTRO CON EL
CURA DIAMANTINO GARCÍA)
09
febrero 2008 No. No voy a
entrar, como ya repetí, al trapo de la política. No. Quiero
contar lo que me sugiere, lo que me inspira el encuentro que
tuve, fueron unos minutos, o me lo parecieron, con
Diamantino.
Hace años. No
recuerdo, por desgracia, cuando fue. Pero no mucho antes de
su muerte. Le habían dado permiso para realizar un
encuentro, ciertas actividades, con un grupo que él dirigía
o al que pertenecía, no sé, en el colegio San José, de
Campillos. Yo estaba allí de profesor. Era un día sin clase.
No recuerdo por qué fui allí. Yo también realizaba
encuentros con jóvenes, mis alumnos, y los chicos y chicas
de los pueblos vecinos. Quizás me interesó por eso. No sé.
Durante esa actividad, que parecía de tipo
lúdico y en el que se resaltaban, creo, valores humanos, de
solidaridad, sin ninguna referencia a lo religioso. Recuerdo
que uno de ellos me decía que algunos eran ateos. En forma
como de teatro, me parece recordar, formaban un corro, como
yo hacía en mis clases. Me sentí animado a participar de
alguna manera en sus charlas y demás cosas que hacían. Les
dije que me alegraba de ver cómo lo hacían y, exclamé: “¡Hay
que ser hombre antes que cristiano!”
Cuando
salimos del salón, Diamantino caminaba a mi lado, algo
cabizbajo y pensativo. Me dio la impresión de que era un
eterno pensativo. No sé, pero su presencia me producía una
impresión de paz, de serenidad comunicativa. Y, sin mirarme,
me dijo: “Tienes razón. Hay que ser hombre antes que
cristiano”
Poco sé
de su vida y poco importa ya lo que de negativo se pueda
decir de él ahora. Eso sólo Dios lo sabe. Lo que sí estoy
cierto es que Diamantino era un hombre que, además, era
cura. Como se decía de Ramón Cue: era un poeta que, además,
era cura. Creo que toda la lucha y la pasión de Diamantino
era aprovechar las ruinas a las que habían dejado
reducidos la dignidad y los valores humanos, al mismo
hombre, sobre todo al hombre trabajador, el obrero del
campo, el más humillado y explotado, para poder reedificar
sobre esas ruinas el hombre, el hombre con su dignidad
recuperada, el modelo de hombre: el cristiano.
En esos
breves momentos yo adivinaba su pensamiento. No es posible
ser cristiano, si no hay un nivel de dignidad y vida, unas
necesidades básicas satisfechas, como dice la misma
Biblia:”Señor, no me des riqueza ni pobreza, dame una
medianía de los bienes de esta vida.”Una dorada
medianía”.Porque si me das riqueza, te despreciaré porque
piense que ya no me haces falta. Y si me das pobreza
(miseria) blasfemaré de Ti, desesperado”.
Lo que
sí importa, al menos a mi, y lo que a mi me sugiere, como
dije antes, es que ha sido y es un instrumento providencial,
como todas las cosas que nos interpelan, nos urgen, nos
acusan y hasta nos conmueven; es su testimonio, su vida, que
nos quiere sacar de nuestra indiferencia ante los problemas,
las angustias, de tantos seres humanos, tan hijos de Dios
como nosotros, que despertó en él la compasión y las ansias
de justicia, como al mismo Jesús, cuando exclamó, lleno de
compasión, viendo a las turbas:”Siento compasión de la
muchedumbre”.Porque eran como ovejas sin pastor.
Porque
hay, entre el amor y el odio, un espacio ocupado por la más
horrible inhumanidad, el más espantoso egoísmo, la mayor de
las injusticias: la indiferencia ante el dolor, la miseria,
el hambre insatisfecha de pan, de fe y de esperanza.
Es
preferible el ateo, y el ateo militante incluso, al
indiferente. Porque aquél está reconociendo que Dios y todo
lo referente a El tiene un interés y valor suficiente como
para luchar en contra. Está más cerca de Dios que el
indiferente. Sin darse cuenta, el ateo aprecia su
existencia, es una forma negativa de amar. El ateo , en el
fondo, desea que todo eso de Dios, la vida eterna feliz, sea
verdad y siente cierto coraje de no poder demostrarlo, ni
que puedan demostrárselo.”El que uno no crea que haya Dios
ni que el alma sea inmortal o el que crea que ni hay Dios ni
es inmortal el alma- y creer que no la hay no es lo mismo
que no creer que la hay- me parece respetable; pero el que
no quiere que la haya me repugna profundamente. Que un
hombre no crea en la otra vida, lo comprendo, ya que yo
mismo no encuentro prueba alguna de que sea así; pero que se
resigne a ello y, sobre todo, que no desee más que ésta y
rechace la otra, eso sí que no lo comprendo. País en que las
gentes no piensan sino en enriquecerse, ese país…, no
quiero pensar qué país es ése. Baste decir que, por lo
menos, yo , me moriría en él de frío, de vergüenza, de
asco…Y más repugnante me parece aquel en que la preocupación
dominante sea la de gozar, la de divertirse, es decir, la de
aturdirse”. Unamuno ha descrito en lo que termina, si no es
ya lo propio de ella, la indiferencia. Porque la
indiferencia es la muerte del amor. El odio y el amor están
muy cercanos a la verdad. Se odia porque se ama. El
indiferente ni ama ni odia. Amar y odiar es humano. La
indiferencia es inhumana. En el Apocalipsis hay una frase
tremenda:” Conozco tus palabras y que no eres ni frío ni
caliente. Ojalá fueras frío y caliente; más porque eres
tibio y no eres caliente ni frío, estoy para vomitarte de mi
boca”.
Cuando
alguien dice:”Yo soy católico, pero no practicante”,
salvando los matices de ese “no practicante”, veo la
indiferencia o la proximidad de ella. Por eso dije es
preferible el ateo. Decía el gran Unamuno, agnóstico de
mente y creyente de corazón: “No espero nada bueno de un
hombre que, por indiferencia, pereza mental, cientifismo, o
lo que sea, no se preocupa de estos grandes temas del
corazón humano, como son Dios, el alma, el más
allá”.El ateo se preocupa y se puede esperar todo lo bueno
de él. El indiferente, no y no se puede esperar nada bueno
de él.
Por eso
Diamantino, al estilo de Gandhi, Luther King, con su
violencia no activa, con su talante conciliador, y tantos
otros como él, es un desafío para nuestra indiferencia, una
vergüenza para nuestra comodidad. El supo recoger el reto de
Jesús a la fe de sus discípulos:”Dadles vosotros de comer”.
Porque hay tantos discípulos que esperan, en su práctica
indiferencia, que Dios, el milagro, o los demás, den de
comer a esas hambrientas turbas, necesitadas del pan
material y del pan del espíritu, con el que puedan vivir
dignamente como hombres y como hijos de Dios, cristianos.
Diamantino y yo coincidimos en que hay que
ser hombre antes que cristiano. |