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(Antonio Serrano)  “Oh, anima, naturaliter christiana!” (Tertuliano) ”  ¡Oh, alma, naturalmente cristiana!!”

               Este artículo no es una simple exposición religiosa. Es una reflexión psicológica y antropológica basada en la misma naturaleza del hombre y en su posible destino.     

               Instintivamente, el hombre busca la perfección en sí mismo valiéndose de todo lo que esté a su alcance. En realidad, busca la felicidad. Y teme que no la encuentre ni la encontrará durante su vida. La muerte es una barrera infranqueable que acaba con todas sus ilusiones y anhelos. Y, sin embargo, intuye que en algún sitio, en algún momento, de algún modo, existe. Sabe que toda tendencia natural tiene el objeto que la satisface: la sed tiene su objeto que es el agua; el hambre, el alimento; el sueño, el descanso; el amor, el objeto amado y deseado. Se podría decir lo mismo a la inversa: existe el agua porque existe la sed; hay alimento porque hay hambre; el objeto amado se explica por el amor; y el descanso, por el sueño.

               Del mismo modo, existe la felicidad porque existe el deseo de ella. Y el deseo de la felicidad es la prueba de que ésta existe, es una realidad.

               Así, el hombre tiende a la perfección como hombre, al hombre perfecto, porque existe esa posibilidad, esa realidad. El hombre perfecto como posibilidad, como proyecto a conquistar, no es una simple utopía, un sueño inalcanzable. Al ser una tendencia natural, como toda las tendencias arriba comprobadas, tiene su objeto. El niño pequeño, el bebé, no sabe que existe la leche materna; no tiene experiencia de eso; hasta que satisface su tendencia. El hombre no sabe, no ve, que existe esa felicidad, ese hombre perfecto. Pero su deseo, su tendencia lo exige; tiene que existir. El hombre inmortal, sin dolor ni muerte es su objeto.

              Toda tendencia lleva consigo un sufrimiento hasta que consigue su objeto. Sólo es feliz el hombre que carece de necesidades, pero eso no es posible en este mundo, en esta vida. Sí que el que menos necesidades tiene es más feliz, sufre menos.

               Sólo la religión católica, y sólo ella, a pesar de sus pecados y miserias humanas, de los que trata de purificarse, presenta en su historia y en su doctrina, ese hombre perfecto, inmortal, glorioso. Y lo presenta como modelo a seguir, a conseguir: Jesucristo, Hijo de Dios, Dios mismo que se presenta como el modelo, el objeto de la tendencia del hombre a su perfección. El se presenta como el camino, la verdad y la vida. Camino para llegar a ese hombre perfecto. Verdad frente a la verdad engañosa de un mundo, de un hombre mortal y caduco. Vida que vence a la muerte con la resurrección y nueva vida inmortal en una eternidad que no implica duración sin fin, sino una” cualidad  nueva del ser” por la que sigue siendo el mismo pero transformado al modo del modelo Jesucristo.

               Una verdadera utopía para la mente humana pero realizable y realizada ya en la historia del cristianismo por un poder y un plan sobrehumanos. Solo existe una condición: la fe y el amor o caridad. Y, en algunos casos, hasta sólo el amor.

           Solo los que conocen de verdad la enseñanza y la historia de la Iglesia, del catolicismo, lo creen y lo viven. Son muchísimas las experiencias y los testigos de esta realidad histórica. Esto es lo que llena de inmensa, misteriosa esperanza que supera todo sufrimiento humano; es la razón de la alegría cristiana que desconocen y que les extraña a los que no viven o no creen en ella. “Ahora vuestro corazón está lleno de tristeza. Pero de nuevo os veré y vuestro corazón se llenará de alegría. Y nadie será capaz de quitaros vuestra alegría”. Es la promesa de Jesús y la realidad cumplida. Y San Pablo: “Que no reina Dios por lo que uno come o bebe, sino por la justicia,  la paz y la alegría que da el Espíritu Santo”. Contemplando a los primeros cristianos, decían los paganos: “¡Mirad cómo se aman!”. No he visto alegría más grande que la de las Misioneras de la Caridad de la Madre Teresa”, entregadas por amor, por caridad, a los más pobres de entre los pobres, viviendo, incluso, como ellos.

         Decía San Agustín, el gran convertido que buscaba la verdad, después de una vida desorientada: “A veces, me haces sentir una dulzura interior que, si fuera completa en mí, sería un no sé qué que no sería esta vida”. Es la intuición y la experiencia, un adelanto, de esa felicidad del hombre perfecto en su destino. La experiencia de los místicos y del mismo Jesús. La experiencia del amor de Dios.

        En San Juan de la Cruz vemos las pistas que Dios va dejando para ese camino de perfección humana y divina, felicidad, al fin:

                     “Mil gracias derramando

                     pasó por estos sotos con presura,

                     y yéndolos mirando,

                     con sola su figura

                     vestidos los dejó de su hermosura.

                    …no quieras enviarme

                     de hoy más ya mensajero,

                     que no saben decirme lo que quiero.

                     Y todos cuantos vagan,

                      de ti me van mil gracias refiriendo,

                      y todos más me llagan,

                       y déjame muriendo

                       un no sé qué que quedan balbuciendo.

          Ese “no sé qué” de San Agustín y de San Juan de la Cruz, y de tantas experiencias misteriosas  místicas, cristianas, es lo que San Pablo dice en una de sus cartas: “Ni el hombre puede saber, ni pasó por el corazón ni la mente humana lo que Dios tiene preparado para los que le aman”.

                         La exclamación de Tertuliano quiere decir que el hombre, el alma humana, tiende, por su naturaleza, a ser cristiana, es decir, a realizar en sí, aceptando los medios puestos por su creador, aún pasando por la pasión purificadora de sus pecados y la muerte, el modelo de hombre perfecto según Jesucristo resucitado.

          De este modo, la psicología y la antropología coincide con el destino escatológico del ser humano. La historia, la ciencia y la religión.

                       Dice el Apolalipsis, última revelación divina: “He aquí que hago cielos y tierra nuevos”. “Ya no habrá ni frío, ni calor, ni llanto, ni dolor ni muerte. “Y Dios enjugará las lágrimas de sus ojos”.