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(Susana López Chicón) Nunca me gustaron los toros, es decir no disfruto con ver padecer al animal y tampoco me gustan las cornadas. Esta historia está basada en ellas y a través del lenguaje propio de Toros y toreros, solo pretendo informar de la clase de ganado que existe sobre todo en el mundillo de la política y alguno pueda coger al toro por los cuernos.

La historia es simple, va de un toro y de unos toreros que aunque llevaban dieciséis años en la plaza, fueron corneados de mala manera y aún hoy siguen tirados en la arena del ruedo, sin capote ni banderillas, mientras el animal sigue embistiendo a diestro y siniestro sin que nadie pueda ponerle banderillas.

Estos aficionados a la fiesta nacional,  sin saberlo ni esperarlo resultaron con cornadas de gran profundidad, debidas en gran parte a un toro de gran trapío y con nombre de profeta hebreo, que dejó heridos de varias cornadas a un número de aficionados, muchos de ellos incluso apoderados y con cierto prestigio dentro mismo del burladero y del mundo taurino.

Lamentablemente en vez de lanzarles un capote son toreados de aquí para allá, recibiendo más y más cornadas, sin poder salir por la puerta grande. En esto los políticos son unos figuras, algunos torean a las mil maravillas   y rematan la faena sin importarle lo más mínimo, ya te puede coger el toro y darte el revolcón más grande de tu vida, que estos primeros espadas ni se inmutan y se ponen en mundo por montera. Lo más triste es que se pasan de castaño oscuro y tu pinchas en huesos cuando quieres que te reciban y no te lancen las banderillas de lejos.

Como me gustaría pararle los pies  a más de uno, claro que no hay buen diestro sin banderillero y ellos se rodean de tantas y tantos auténticos miuras, que al son de música maestro van dilapidando gente.  Dicen que para torear y casarse hay que arrimarse y que bien se arriman algunos y algunas a ellos para conseguir sus propósitos, embraguetarse es una opción muy de este mundillo.  A la hora de la verdad el marrajo es el que manda y la faena se remata con un farol o un desplante y uno queda de capa caída y para el arrastre, sino está al quite.

Hay tanto espontáneo en estas plazas, que si no entras al trapo, ellos escurren el bulto y te dan la espantá con empaque y sin tener duende. Son artistas en dar el quiebro, la estocada por cornada, dar largas,  dar la puntilla y  el acoso y derribo.

Yo siempre digo que a las primeras de cambio, a mi no me torea nadie y al toro que es una mona, porque algún día será toro pasado y a otro le darán la alternativa y que prefiero asomarme al balcón, atarme bien los machos y esperar sin armar el taco, que no siempre el lleno será hasta la bandera y  los toros hay que verlos mejor desde la barrera porque meterán la pata hasta la bola en cualquier momento y nuestro brindis será de aúpa cuando la estocada les deje en la arena.

Cada toro tiene su lidia, y los embravecidos miuras terminaran siendo cabestros algún día, cuando cambie el tercio, solo hay que cargar la suerte contra esta casta.  Hay que dejar al Choto con sus cuernos y los que le salgan y aunque ciertos son los toros que nos ha tocado lidiar por culpa de  estos que ahora están en el tendido, habrá que crecerse al castigo, cortarse la coleta si es necesario y dar el quiebro cuadrándose durante la corrida. Dejarte sin faena puede ser más terrible que una mala tarde porque son muchas tardes soportando el empaque.

Pero en corto y por derecho hay que entrar a matar el toro, encelándolo y entrando al trapo y más sabiendo que no está al quite, una vez que te dejaron en capilla y para el arrastre  y estas pasando por el hule porque el toro  arremetió contra el sustento tuyo y el de tu familia dejándote tirado en la arena, sangrando esperando la suerte suprema y si el tiempo no lo impide poder salir por la puerta grande o tener más valor que el guerra porque el toro sabio de capas no hace caso y uno espera sobreponerse y no pasar vergüenza torera, matando a volapié o recibiendo.

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