(Antonio Serrano Santos) La liturgia de este domingo nos presenta “ El bautismo del Señor”. Para los católicos, como para los que no lo son, este artículo no va a ser una homilía, un sermón. Es una constatación de un hecho histórico. Una reflexión que, aunque tenga connotaciones religiosas o de fe, va en dirección de la increible realidad permanente hasta nuestro siglo para su sorpresa y escépticismo tan extendido.

Hemos visto en artículos anteriores hasta qué punto Dios, Jesús, se identificó con los hombres, asumiendo la naturaleza humana, con sus dolores, alegrías y tristezas, su agonía y su muerte, por sus, al parecer, dudas e ignorancias. Al menos, como hombre. Pero es sorprendente, de lo más contradictorio y misterioso, la suprema identificación: su bautismo en el Jordán, por Juan Bautista.
Porque Él, que vino a perdonar, quitar el pecado, se hace pasar por pecador al comienzo de su vida pública. El bautismo de Juan no era sacramento. No borraba el pecado ni infundía la fe ni el Espíritu Santo, ni incorporaba a la Iglesia, como el bautismo sacramento desde el mandato del Señor de bautizar en su nombre. Sí podía ser el símbolo de un perdón por la contrición del bautizado.
Juan, al ver a Jesús en el agua dispuesto a que lo bautizara, exclamó: “¡ Debo ser yo el que tiene que ser bautizado por ti! Y tú vienes a mi?” –“ Déjame hacer. Conviene hacer toda justicia”- Le dice Jesús. De esa manera Jesús pasa por pecador. Se identifica con los pecadores. La máxima identificación y humilad, no sólo cuando lavó los pies a sus discípulos. Se pone en el lugar del pecador. La mejor manera de comprender, de compadecer, de sufrir la miseria humana. Padeciéndola en sí mismo. Antes de juzgar y condenar a nadie, Jesús, lección suprema, hace y dice lo que pedirá a otros que hagan y digan.Ya puede pedir arrepentimiento porque Él mostró “ su “ arrepentimiento. Ya puede criticar y condenar la hipocresía y el fariseismo porque Él no es así. Dice y hace la verdad. Ya puede pedir amor hasta el sacrificio de uno mismo, hasta amar a los enemigos, amar hasta dar la vida, porque Él ama así y da su vida. Dice que conviene hacer justicia. Dios ve que es justo venir a salvar a sus criaturas porque su amor y misericordia no puede quedarse indiferente al dolor y al pecado.Porque su aparente indiferencia no es más que paciencia divina para esperar el arrepentimiento del pecador, de los pecadores de todos los tiempos, y, si no lo hay, cada uno recibirá segun sus obras y conciencia, que son los que los condenarán, no Dios, que no puede ser injusto y malo, pues no sería Dios. “ No he venido a salvar a los justos, sino a los pecadores”.” Tomad y bebed todos de él, porque éste es el cáliz con mi sangre…que será derramada por todos para el perdón de los pecados”.Y continúa siglo tras siglo el perdón: “ Siempre que hagais esto, hacedlo en conmemoración mía”. Por muy pecador que sea hasta el mismo sacerdote, puede perdonar y tiene que ser perdonado por ese poder sagrado que le dio Jesús: “ A quienes les perdoneis los pecados, les serán perdonados”. Se cuenta de un confesor que negó la absolución, el perdón, a un penitente porque se confesaba siempre, muchas veces, de los mismos pecados, y le acusó de que no tenía propósito de enmienda. Del crucifijo que pendía a sus espaldas, en el confesionario, se oyó una voz: “ No es tu sangre la que ha sido derramada por esta alma”. Para Dios el arrepentimiento sincero, al menos en el momento de la confesión, es suficiente para su misericordia, aunque luego vuelva, por debilidad, a caer. Pedro, presumiendo de generoso, le preguntó a su Maestro: “Señor, si mi hermano peca contra mi, ¿cuántas veces tengo que perdonarle,hasta siete veces?” Siete era el número máximo entre los judíos. “Pedro,no sólo siete, sino hasta setenta veces siete”. Es decir, siempre.Pedro bien supo lo que era amar a Jesús a pesar de su pecado, su negación.Por eso dijo, triste, a la pregunta de su Maestro por tres veces: “Simón, me amas?”Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te amo”. Y llega a decir en una de sus cartas : “ …Jesucristo, en quien creeis sin haberlo visto y a quien amais sin haberlo conocido”.” Me arrepiento de mis pecados hasta morir, pero no me arrepiento de ninguna manera de mi amor a ti”, dice un santo arrepentido. La parábola del hijo pródigo, más bien del padre misericordioso, muestra la alegría y la espera, cada día, de su hijo hasta abrazarlo y cubrirlo de besos. Así presenta Jesús a Dios, al Padre. Él fue el que introdujo la palabra Padre para Dios, con escándalo de los fariseos. “ Más alegría hay en el cielo por un pecador que se arrepiente que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentimiento”.
Legiones de almas, hombres y mujeres, niños y ancianos, ricos y pobres, sabios e ignorantes, han seguido su ejemplo, han dado su vida, han transmitido sus palabras. Han amado como Él. Desde el evangelio, la Tradición Sagrada, y este hecho mantenido y transmitido por la Iglesia, a pesar de sus pecadores y también con sus santos, a través de más de veinte siglos, esto es humamente inexplicable, un hecho históricamente innegable. Digno de ser creído y motivo suficiente para aceptar, también, el mensaje de salvación, de resurrección, de vida eterna, con la misma garantía de credibilidad de lo que Jesús hizo y dijo realmente.
No hay programa de vida, no hay ideología ni creencia que supere a ésta ni siquiera se parezca en lo más mínimo. Es una sorprendente aparición en la Historia de la Humanidad. Una magnífica noticia, una alegre novedad, que ése es el nombre de Evangelio: “ Os anuncio una gran alegría: os ha nacido el Salvador”. La noticia es alegre, tanto por el evangelio, como por el mismo Jesucristo: Dios con nosotros.Identificado con los pecadores. La sublime sabiduria y poder de Dios que, como Padre, se abaja hasta nuestro nivel humano, y con la alegría de perdonar abraza a sus hijos haciéndose “ pecador”, como ellos. Con un Dios así no puede haber temor a la muerte ni al infierno.” Si yo tuviera en mi conciencia todos los pecados que se pueden cometer, me abrazaría a Él, con el corazón destrozado, pero no confiaría menos en Él”. “ No es porque Dios me ha librado del pecado mortal por lo que yo me elevo a Él por la confianza y el amor…” (Aquí dejó caer el lápiz que usaba, sin fuerzas ya para seguir, enferma de tuberculosis)( Sta.Teresa ( Teresita) de Lisieux). La gran devoción del Papa Francisco.Y la frase sin terminar sería ésta: Porque es Amor misericordioso.

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