cap-312027_640(Susana López Chicón) Sentada en segunda fila y con la cámara al cuello, fui tratando de plasmar en las fotografías cada instante de la Graduación de mi hija Gloria, aguantando la emoción tras cada clic del objetivo  y mirando a hurtadillas a aquella jovencita que me recordaba tanto a la que fui. Ahora yo era un vivo retrato de mi madre y ella era un vivo retrato mío y nos sorprendía la vida, jugando con los rostros al mismo tiempo que jugaba con las emociones, con el tiempo, con las alegrías y las penas, con los recuerdos, las ausencias y el rápido devenir de los días.

Allí delante mía, se movía segura en sus altos tacones recién estrenados con el paso firme hacia su nueva andadura, dejando atrás a la niña tímida y dando paso a una preciosa mujercita adolescente, de cuerpo torneado y largas piernas, que subía al estrado a recoger su Diploma de Enseñanza Secundaria.

Decir cuanto recordé a mis padres en esos momentos, el vacío de no poder compartir con ellos este momento y la impotencia de que la vida nos los arrancara tan pronto, sin poder disfrutar como lo hubiesen hecho de la infancia de mis hijas, de estos momentos precisos y preciosos y el poder compartir lágrimas de emoción juntos,  por el futuro  que delante de ella se abre paso.

Quiero pensar, quiero creer, que allí delante de mí y en la primera fila sin lugar a dudas estaban ellos, los dos de la mano, o mi padre echándole el brazo a mi madre, como solía hacerlo para no perder un instante, ni un gesto, ni un detalle, ni un latido

En situaciones así, muchos son los sentimientos que te embargan. Las ausencias parecen desfilar y tomar asiento en tu corazón y las lágrimas ayudan a que la visión borrosa confunda a unos con otros. Pasan por tu mente todos esos momentos en que acunabas a aquella muchacha de metro setenta y te preguntas cuando dejó de ser ese instante para convertirse en este.

Una vez leí que llevamos a los hijos cuando son bebés en la parte trasera de nuestros coches, y sin darnos cuenta pasan a ocupar el asiento de adelante y son ellos quienes conducen sus propia vida, dejándonos en un segundo lugar, un paso atrás, no menos considerado pero no tan necesario y es entonces cuando sabemos que ya debemos soltar amarras, porque pronto volaran y aunque el nido siempre será su casa y su cobijo, sus alas ya están abiertas a la vida.

Yo que me sentí en aquel instante, en que cogida del brazo de su compañero desfilaba hacia las escaleras, como ausente puedo decir que estaba alegre, no cabía duda, pero dentro mío se mantenía la lucha de no querer por nada del mundo soltar la cuerda, ese  hilo invisible que los padres no somos capaces de ver lo poco que dura hasta que  el tiempo te lo susurra al oído.

 

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