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(Elizabeth Santángelo)  El cambio mental es importante para resolver desde “adentro” los inconvenientes que pueden existir “afuera”.   William Shakespeare dijo que “no existe nada bueno ni malo; es el pensamiento humano el que lo hace aparecer así”.   Hay muchas personas que padecen problemas de salud, especialmente reuma, artritis, artrosis o dificultades en las articulaciones. Estos desarreglos no sólo se evidencian en la edad avanzada sino también en personas de menor edad.   Mary Baker Eddy, escritora del Siglo XIX y pionera de la metafísica basada en las enseñanzas de Jesús, relata una experiencia interesante, en su libro Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras: “Bajo el fuerte impulso del deseo de representar su papel, un actor notable estaba acostumbrado a entrar, noche tras noche, en el escenario y representar la parte que le correspondía, andando de un lado a otro tan ágilmente como el miembro más joven de la compañía. Ese anciano estaba tan lisiado que iba cojeando todos los días al teatro, y se sentaba dolorido en su silla hasta que el apuntador le daba el pie de su parte, señal que le hacía olvidar su dolencia física”.   ¿Qué era lo que operaba en este hombre? Seguramente el olvido de su propio cuerpo, sin tener conciencia del dolor ni el sufrimiento. Predominaba su pasión y vocación por el teatro, al dar lo mejor de sí mismo, factor que lo impulsaba a demostrar que el dolor es solo una aceptación de que vivimos sensoriamente en un cuerpo controlado por los nervios y por el deterioro de las funciones y facultades.   Para entender cabalmente la contradicción de los sentidos físicos, se podría decir que al contemplar la salida del sol, la tierra está en movimiento y el sol inmóvil, pero este razonamiento contradice la evidencia de los sentidos, porque lo que vemos es exactamente lo contrario.   Aceptar que se puede contemplar la existencia desde una base espiritual, hace que el pensamiento cambie, y uno pasa a verse no únicamente como un ser físico, con una salud inestable y frágil, sino manifestando orden y armonía en todo movimiento y acción.   Creer que se puede pasar de estar sano a enfermo, de joven a viejo, limita y frustra. Mientras que aceptar la posibilidad de mantenerse vital y dinámico en forma continua, es un derecho natural de la vida que todos heredamos. Es una condición de la Mente divina y no de la materia o el cuerpo, alcanzar la salud y el bienestar.   La verdadera estructura del ser es espiritual y perfectamente flexible y adaptable, y como tal no incluye ninguna rigidez ni alteración. El movimiento y la vitalidad, naturales en el ser genuino contrarrestan toda parálisis, estancamiento o inactividad.   Un filósofo sofista quiso demostrar que el movimiento no existía. Diógenes de Sínope, discípulo de Sócrates contestó que si era capaz de demostrarlo, lo creería, y el filósofo empezó a desarrollar complicados argumentos. Diógenes, que lo escuchaba sentado, se levantó y dijo: Tú no me has demostrado nada y, sin embargo, yo te voy a mostrar que el movimiento existe: “el movimiento se demuestra andando”. El movimiento del cuerpo representa acción, una acción relacionada con un conjunto de cualidades que se originan desde el interior, la esencia espiritual de cada uno, libre, plena y vital, por encima de cualquier edad o condición humana. A medida que conocemos y nos familiarizamos con esas ideas, obtenemos mayores beneficios. Esto depende del genuino deseo de vivir bien, de sentirse útil, feliz y sano.   ¿Estás dispuesto a comprobarlo?       Elizabeth Santángelo integra el Comité de Publicación de la Ciencia Cristiana en Argentina. Contacto: Argentina@compub.org

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