(Antonio Serrano Santos) 6 de enero de 2,018. 12 de la noche. La estrella de Belén se apaga en el Nacimiento- Misterio que venimos montando desde hace 50 años : la cueva de corcho, el Niño Jesús, en el pesebre bajo el aliento de la mulita y el buey, la dulce imagen de la Virgen María con su vestido rosa y manto celeste, cosa que hasta ahora no advertí, como los de la imagen clásica de María Auxiliadora; una imagen de un San José joven. Ambos, mirando, extasiados, al Niño.

Los Reyes Magos. Melchor, de rodillas y, en pie, Gaspar y Baltasar ofreciendo sus regalos. Todas las imágenes del Nacimiento son de una talla alta y esbelta.El ángel, anunciando a los pastores, que, rodeados de sus ovejas, y al rededor de sus fogatas, levantan la cabeza, asombrados, mientras uno de ellos señala con la mano al mensajero divino.

Tres escenas, tres motivos que centran la atención.

La ilusión que lo montó cede ahora a un sentimiento indefinible al tener que desmontarlo. Abarca al pasado, al presente y al futuro: 1967, con el nacimiento del primer hijo. 2,017,ya, con cinco hijos. ¿ Y 2,019? Cada hijo, empezando por el mayor, se encargará de montarlo como tradición familiar, cuando, como dice el villancico, “ nosotros nos iremos y no volveremos más”. La estrella fugaz de Belén se pierde en el horizonte de la vida. Dulce nostalgia dolorosa del pasado. Agridulce sabor del presente. Incertidumbre esperanzada del futuro.

Todavía resuena el eco de los villancicos que aleja la tristeza porque la estrella, que ahora desaparece, volverá a aparecer, llenándonos de  “inmensa alegría”, como volvió a aparecer a los Magos. Y por eso, el villancico termina: “¡ Resuenen con “ alegría” los cánticos de mi tierra y viva el Niño Dios que ha nacido en Nochebuena!”.

Al llegar a Jerusalén, la estrella que les guiaba desapareció. Preguntaron, ansiosos: “¿ Dónde está el Rey de los judíos que acaba de nacer?”. Herodes, después de informarse, los mandó a Belén. El no pudo ver la estrella. Los Magos, sin conocer Belén, no sabían cómo localizar al recién nacido Rey. Al verla aparecer de nuevo “ se llenaron de inmensa alegría”. La estrella se posó sobre el lugar que buscaban. Y entrando en la casa, ya no era el pesebre después de dos años, se arrodillaron para adorarlo y cada uno le ofreció sus dones: oro, incienso y mirra.

La celebración de la Navidad ha traído al mundo alegría. Aunque muchos la disfracen de muchas maneras quitándole su verdadero sentido y el espíritu de la Navidad, la alegría en esta fiesta es el sentimiento más profundo y extendido. Entre pobres y ricos. Buenos y malos. El encuentro con Jesucristo, desde su nacimiento, ha cambiado la vida de innumerables hombres de todos los siglos, de todas  las clases sociales, de todas las formas del saber, de la ciencia y del arte. Y los “ ha llenado de inmensa alegría”. Como la estrella de Belén, la fe los ha guiado misteriosamente. Como afirmó el gran converso de la Historia, San Agustín: “ Como una luz de seguridad se extendió por mi corazón se desvanecieron mis dudas”. Exactamente igual que el temor y las dudas de los Reyes Magos y de tantos dudosos de la Historia.

Porque en el fondo de todo ateísmo, de todo agnosticismo, de toda incredulidad y falta de fe, lo que, en realidad hay, es la duda. Una disimulada angustia, una oculta dolorosa esperanza, una tristeza infinita, una ansia loca de la verdad. El falso triunfalismo de la razón, de la ciencia, y el engaño de la autosuficiencia, no calman ni satisface sus exigencias más íntimas de la verdad.

Sólo la estrella de la fe lo consigue.

Ésa es la inexplicable “ inmensa alegría” de los que encuentran y siguen la estrella: la fe. El encuentro con el amor infinito de Dios, en la ternura de un Niño. Jesús.

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