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(Esperanza Mena) Con el paso de los años vamos guardando dentro de nosotros mismos secretos y recuerdos tan dolorosos, que no queremos que nadie, ni siquiera nosotros, se atreva a comentarlos. Ponemos sobre esos recuerdos una losa de silencio tan pesada, que a veces de buena gana los gritaríamos a los vientos, pero acabamos callando por miedo al qué dirán hasta que el tiempo los entierra bajo una capa de polvo. Hay miedo a la memoria histórica, donde murieron tantos, ya sean de un bando o de otro, por una guerra fratricida; son los grandes olvidados y sus cadáveres siguen en cunetas sin que a nadie le importe recuperarlos para que tengan un descanso digno. Miramos a otro lado cuando vemos las injusticias diarias; seguimos teniendo miedo al qué dirán o nos guiamos por los convencionalismos que nos impone este mundo en que vivimos. Tenemos miedo a denunciar el acoso o el maltrato a las mujeres y a los niños por seres repugnantes que solo buscan satisfacer sus instintos más bajos; guardamos el secreto a veces para conservar el puesto de trabajo, otras por cobardía, y dejamos a seres inocentes en manos de depravados. Pero al final, nos damos cuenta de lo que duele el silencio, aunque no nos atrevamos a hablar. Me gustaría tener en mis manos el poder de cambiar este maldito mundo y dejar que salgan a la luz, para ponerles punto y final, todos esos viejos y dolorosos secretos escondidos.

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