(Antonio Serrano Santos) *Pare entender mejor este artículo, acompaña este otro que va seguidamente, y que trata de lo mismo, que puede servir a los que tienen fe y a los demás, libremente. Gracias.*

185 cadáveres de ancianos fueron retirados de varias residencias por los bomberos porque nadie había acudido a recogerlos. Vivieron y, lo que es peor, murieron solos. Y no por el coronavirus, que a esos sí que los hacen desaparecer sin más aviso ni compañía de sus familias. No. Murieron de puro abandono, de pura crueldad y absoluto desprecio. Del crimen del desamor y desagradecimiento familiar. “ ¡ Esos putos viejos “, que estorban, en palabras , si no es bulo, de un político.

Datos escalofriantes de hasta dónde puede llegar la indignidad y el desamor humanos. Es cierto que ya hay muchos voluntarios/as que los visitan, acompañan, les dan calor, cariño durante unas horas. Y, luego, tienen que irse. Y la soledad es angustiosa. ¡ Pobres almas que no cometieron más delito que ser viejos, y, si cometieron algunos, se han purificado con las arrugas de sus rostros y de sus almas. A cuántos ancianos se nos puede aplicar aquel verso: “ Y un surtidor de lágrimas limpió el corazón de errores viejos”. Son dignos de todo amor, como los niños pequeños en brazos de sus madres, inocentes de toda culpa y expuestos a hacer de ellos lo que queramos.

No todos los ancianos, gracias al amor y cuidado y vigilancia de otros, mueren en soledad y olvido. Pero el solo hecho espeluznante de ver tantos y tantos cadáveres de muchos de ellos, piltrafas humanas, abandonados de todo y de todos, produce escalofríos y hace temblar el alma y el corazón de pena, de impotencia, de dolor y de asco. Y nos preguntamos por el misterio de la maldad humana cómo llega hasta los máximos límites. Solo nos alivia y consuela, pero no del todo, ese otro misterio de la bondad, también humana, que también alcanza sus máximas expresiones.

Me vais a permitir,como humilde ejemplo de esto, por primera vez, en un artículo, contar un caso que me afecta a mi, particularmente. Porque, cuando me enteré, la emoción me embargó hasta las lágrimas. Y sé que hay más casos como este. Humanamente es el mayor consuelo  y el motivo por el que unos padres dan gracias a Dios por haber traído hijos a este , tantas veces, perro , descreído  y terrible mundo, que tanto intentamos amar.

Ingresado en el hospital , por emergencias, dos de mis hijos, el mayor y la mayor de ellos, me llevaron y, lo primero que les dijeron, después de esperar, los médicos de la entrada, que tenía todos los síntomas, consistentes, del coronavirus. El alma se les vino al suelo. Se abrazaron llorando. Neumonía bilateral por infección. Sala de observación, mezclado entre todos, posibles o no infectados, radiografía, análisis, el bastoncillo en la garganta…Primera impresión: es posible el contagio.

Aislamiento en zona de sospechosos. La primera noche. Dos   Una de mis hijas  movió cielo y tierra para conseguir un permiso imposible: al menos, acompañarme esa noche. La otra, por el móvil me dijo: no me muevo de aquí. Hasta que tuvo el permiso  y, mucho después, me enteré que, al saber el diagnóstico primero, consiguió quedarse conmigo “ para que no muriera solo”, como sabía que solía ocurrir. Sin importarle el peligro de contagiarse de mi. En un sillón durmió de mala manera, asomándose a cada instante para ver cómo estaba, más bien, para que no me sintiera solo. Pues ya sabía y temía mi final. No se puede describir lo que estaba pasando. Yo, en cambio, ignorante, me sentía bien. Ni fiebre, ni tos, ni dolor( me dieron calmantes).

A la mañana siguiente, con gran dolor, que disimulaba muy bien, con su siempre sonrisa, tuvo que irse. Le permitieron enviarme algunas cosillas. Por fin, después de más pruebas, me mandaron a la sección de no contagiados. Resulta que tenía una infección de leves daños por bronquiectasia antiguos, pero nada de neumonía. Un médico dijo que la neumonía es algo muy grave, pero que lo mío era eso: infección. Estuve, no obstante, cinco días en tratamiento constante de antibióticos y demás. Ella, mi hija, venía todos los días. Con cosas, se coló en la habitación, me ayudó en todo, ducha, arreglos, etc. Hasta se trajo un ajedrez y simulaba saber jugar. Todo sonrisa, cariño, mimos.

Por fin, me dieron el alta, con tratamiento casero.

A los dos meses, recaí. Lo mismo. Pero me tuvieron todo el día aislado, con la prueba definitiva del coronavirus. En la pura duda, horas y horas, junto a otros en una habitación. La soledad se sentía como un frío en el alma. Ahora sí que nadie nos podía visitar, ni enviar cosa alguna. Yo solo podía, como entonces en el hospital, rezar, medio oculto entre mis dedos, el pequeño rosario que siempre llevo y esperar la respuesta definitiva de Dios y de la ciencia en los que tenía puesta toda mi confianza.

Diagnóstico: había empeorado, pero nada del virus. Fuerte tratamiento antibiótico y que desaparecería la infección bronquial. Hasta nuevo brote, si lo hubiera. La alegría familiar se puede describir. Persona muy mayor, de alto riesgo. Un milagro más de la Providencia. ¿De qué me podía quejar con tantos enfermos y muertos? Solo gratitud, esperanza y la vista del alma puesta en la vida eterna porque esta no lo es, aunque la amemos y agradezcamos a Dios.

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