(Antonio Serrano)“El número de los tontos es infinito”, dice, en el libro de los” Proverbios”, la Biblia. Y el de los ignorantes, también, que suelen ir juntos.

La frivolidad con que ha sido recibida la afirmación de este gran teólogo, historiador y crítico, Joseph Ratzinger, hoy Benedicto XVI, de que no consta en los evangelios la presencia de la mula y el buey, es una prueba más del dicho clásico de que “la ignorancia es atrevida”; y, además de ser histórica, por bromear hablando de “recortes” hasta en  el portal de Belén, es un insulto a la persona y autoridad del Papa, no ya sólo como Papa, sino como persona de garantizada autoridad intelectual a nivel mundial.

Su obra, “La infancia de Jesús”, es fruto de un apasionado amor y estudio de  la persona de Jesús, anhelo perseguido desde muchos años, junto con las dos anteriores, “Jesús de Nazaret”. En sus tres obras intenta mostrar que lo que narran los evangelios son hechos históricos, contra la corriente, más fría, dogmatizante y con afán de protagonismo publicitario, que dice, sin pruebas reales, que no lo son. Que son obra de la interpretación de las primeras comunidades cristianas o aducen otras teorías. De resulta de ese criterio, los evangelios se reducirían a una especie de novela y Jesús a un confuso hijo de Dios, profeta o moralista. Y esto, hasta en círculos católicos, sin excluir a teólogos, sacerdotes y laicos.

Este Papa, como expone en el prólogo de su primer “Jesús de Nazaret”, tiene la humildad de decir que su obra no es un acto magisterial, y que pueden contradecirle. Vamos, que no es dogma de fe. Y lo mismo se puede decir de todas sus obras teológico-históricas. Cosa que se echa de ver en muchas obras teológicas y comentarios de algunos teólogos que, al afirmar sus ideas, parecen no admitir réplicas. Precisamente los “antidogmáticos”.

Ha llegado el momento histórico en el que, después de superar el teocentrismo medieval y el antropocentrismo renacentista, se centre la historia, la teología, la investigación exegética, la antropología, la arqueología y hasta la ciencia, en general, en la Persona divina de Jesucristo. El hombre-Dios, Hijo de Dios. Ha sido un síntoma revelador, que ha unido ciencia y religión, el misterioso lienzo de la Sábana Santa de Turín. Pienso que quizás, dejó Jesús para este siglo de ateísmo y descristianización galopante, como un cáncer social, este “retrato misterio” suyo como última prueba de su presencia, de la fe, y del verdadero deseo de Dios de salvar a la Humanidad ¿No dijo y advirtió El :”¿Cuando el Hijo del Hombre vuelva, hallará fe sobre la tierra?”

En el Año de la Fe, Jesús va a ser el Dios escondido y revelado. La esperanza para la Humanidad herida y doliente.

Todo el esfuerzo de este sorprendentemente dulce, sencillo Papa, denostado como inquisidor, falsamente, se centra en hacer ver las coincidencias históricas y geográficas, la localización exacta de las narraciones evangélicas en un  tiempo y espacio comprobables. Y esto, sin quitar las cosas añadidas por la devoción tradicional. Como las figuras de la mula y el buey. Sólo muestra que en el estudio de los evangelios no aparecen; como otras cosas más que, sin estar en los evangelios, son objeto de culto y tradición. Sabemos que San Francisco de Asís en el siglo XIII fue el primero que montó un Belén viviente. Con la mula, el buey el niño Jesús. Pero no se sabe que antes se hubiera hecho así. No puede, ni quiere, este bendito”,( así se llama, ”Benedicto”), Papa que desaparezcan estos animales porque él mismo ha visitado y adorado en estos belenes clásicos.

Pero es lógico deducir que, al menos, la mula, o un borriquillo, como el que montó Jesús a su entrada en Jerusalén, animal bastante utilizado en esas tierras, es lógico deducir, repito, que estuviera un borriquito, o mula, sabiendo que de Nazaret a Belén hay una distancia de más de ciento cincuenta kilómetros. Y una mujer embarazada no iba a ir andando. Como en su huida posterior, huyendo de Herodes, se fueron a Egipto. También es posible que hubiera un buey, ya que era un establo. También es preciso advertir que los Magos no estarían adorando al Niño en el establo o pesebre de Belén, como vemos en los belenes, sino en una casa. Los evangelios dicen que entraron en la casa. Además, tardaron unos dos años en llegar a Jerusalén desde Oriente, según averiguó Herodes y, por eso, mandó matar a todos los niños de Belén de dos años para abajo. Son detalles que, aunque contradicen algunas escenas representadas en los belenes, no impide, la aceptación de esas contradicciones, la devoción tradicional sin crear esas tontas polémicas, como lo de la mula y el buey, fruto de la ignorancia y la falta de interés por la fe y por el verdadero culto y adoración del belén, convirtiéndolo en una pura costumbre social, especialmente para niños y crédulos sentimentales.

No voy a detallar esas demostraciones del Papa. Basta invitar a que, antes de hablar y criticar las afirmaciones, y hasta algunos descubrimientos hechos en sus análisis, lean, no sólo “La infancia de Jesús”, sino también las otras dos obras “Jesús de Nazaret”.

Me consta que, como otras tantas obras literarias y famosas, como el Quijote, estas obras de Joseph Ratzinger, serán motivo de críticas o comentarios, a favor, unas veces, quizás para presumir; y otras, en contra, para contradecir, sin haberlas, siquiera, leído antes.