(Francisco Javier Zambrana Durán – Alhaurín de la Torre)

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  • Prefiero no decir cómo me llamo, es mejor mantener el anonimato ante este tipo de situaciones.

Me quedé pensativo. Creo que nunca antes nadie me había ocultado su nombre. No saber cómo dirigirme a esa persona que me había espiado y que sabía dónde vivía, cuándo salía de mi casa, cómo lo hacía, hacia dónde iba y, lo más importante, mi apellido, me causaba demasiado nerviosismo. Después de 15 años viviendo en España, he podido comprender una serie de aspectos esenciales sobre el país, especialmente que mi nombre podría ser una unión entre dos autóctonos del lugar, pero no que existen hombres y mujeres sin identificación.

            Me pidió que me sentase, y yo no pude negarme. En ningún momento paré de observar ese fresco de La Última Cena, ese que tanto me había llamado la atención cuando leí el libro de Dan Brown, pero que nunca había podido ver en persona. Ojalá algún día fuera a Santa María Delle Gracie para presenciarla y admirar su belleza. Como profesor de Historia, estaba obligado a amarla. Sin embargo, tampoco desprecié la obra que tenía a su lado este fresco. La Mona Lisa lucía perfecta, con unos toques de colores completamente detallados que podían incluso hacer pensar que se trataba de la real. En este caso, sí había estado en el Louvre, aunque rodeado de turistas con cámaras de fotos esperando tomar una instantánea estúpida.

  • Conoce usted bastante bien el arte y, concretamente, a Leonardo. Tiene un buen gusto por sus pinturas. Ambas tienen una historia interminable e imposible de resolver.
  • Sí, Milán fue muy amable con mi padre, siempre estuvo atento a sus inquietudes, y no se pudieron negar a cualquier petición que les hiciera. En cambio, el Louvre quiso firmar un tratado especial sobre la posesión de su obra más importante, el cual llegó a superar varias centenas de millones de euros.
  • Disculpe, ¿una réplica es capaz de costar tales cantidades?
  • No, señor Lucas, una réplica no. Son las originales.

En ese momento me puse de pie y empecé a mirar por toda la casa. La chica se mantuvo tranquila, con una sonrisa en sus labios, como aquel que se siente orgulloso por mostrar al resto sus posesiones personales. Di una vuelta por ese salón, y me percaté de que todas las obras tenían un tipo de edición específica.

  • ¿Puedo abrir estos libros para echarles un vistazo?
  • Por supuesto, son clásicos literarios. Imagino que alguien tan culto como usted habrá leído la mayoría.

Y tanto que los había leído. Asesinato en el Orient Express había sido de mis favoritos de Christie. Un mundo sin fin de Follett es una joya que todos deberían tener en sus estanterías. Pero el que más de piedra me dejó fue el primero que abrí. Sí, Ángeles y Demonios, de Brown.

            En la primera de sus páginas una dedicatoria estaba escrita:

‘‘Con cariño para Ernest Flavell, un ejemplo como ser humano. Espero poder ayudar a la causa a la que tanto empeño le pone desde hace años. Algún día resolverá el enigma’’.

            Mi sorpresa duró lo que tardé en abrir el siguiente de los libros. Tomé los de Follett, y no perdí un segundo. En todos había una dedicatoria hacia el mismo hombre, hacia Ernest Flavell.

  • Disculpe, señora. ¿Es Ernest Flavell su padre?
  • Señor Lucas, Ernest Flavell era y sigue siendo el dueño de la colección de arte más importante en la historia. Hace unos meses fue asesinado. En el lugar en el que lo encontramos, solo dejó una carta. Tal vez si la leyera comprendería por qué está usted aquí.
  • ¿Una carta? ¿La tiene a mano, señora?
  • Cójala de la mesa.

‘‘Para mi hija, lo más importante de esta historia que no parece tener final.

            No llores. Jamás lo hagas. Cuando encuentres este escrito habré fallecido. Bueno, me habrán asesinado. Mis horas como coleccionista han terminado. He aguantado décadas tras las mayores obras de arte del planeta, intentando conservarlas, haciendo de ellas lo que los museos deberían tener como principal objetivo, es decir, cuidarlas.

            Desde que fuiste pequeña, siempre me esforcé por daros lo mejor. Siempre hice todo lo posible porque estuvierais en las condiciones más adecuadas tanto tú como tu madre, pero, desgraciadamente, ella se marchó demasiado pronto. No me quedaba otra elección. Tenía que elegir entre entregarte a ti o a ella. Tu madre nunca murió en aquel accidente de coche, sino todo lo contrario. En el lugar en el que descanso en este momento, es donde ella perdió la vida.

            Creía oportuno que supieras la verdad sobre todo, que no quedase nada más entre nosotros antes de que me fuera. Todavía a tu edad tienes la posibilidad de encontrar el misterio que esconde todo esto que hemos creado tu madre y yo. Desde niña te enseñé a ser fuerte, a adorar lo que hacías, porque solo así podrías servirnos de ayuda, no solo a nosotros, sino al mundo entero.

            Desgraciadamente, ninguno de los especialistas que ha acudido a casa durante los pasados años ha sido capaz de descifrar el código que esconden los cimientos de este lugar. Solo alguien sumamente preparado podría enfrentarse a esta búsqueda, alguien que tuviera la inteligencia y la ignorancia al terror suficiente como para obtener resultados excelentes en un test que preparé hace meses.

            Hay tres hombres capaces de eso donde vivimos. Tres que no me conocen, pero de los que yo sí tengo constancia. Aquel que primero descubra el secreto que hay en estas cartas que te dejo, será el elegido para continuar con el secreto. Cuando todo acabe, su vida correrá un grave peligro, por lo que tú misma deberás informarle de ello para que lo tenga presente.

            Cada jueves les dejarás una de estas cartas en las direcciones que aquí escribo.

No reveles nunca tu nombre. Yo jamás revelé el mío. La intimidad es lo más importante que tenemos.

Te quiero, mi pequeña’’.

La primera de todas las direcciones era la mía. Mis presagios se confirmaban, mis temores se habían hecho realidad. Era un hombre el que me estaba requiriendo, y no cartas de amor las que me eran enviadas. Por suerte, ese hombre necesitaba algo de mí más fuerte que lo podría llegar yo a sentir por una chica. No podía dar media vuelta, era el elegido.

  • ¿Y bien, señor Lucas?
  • Dígame, señora, ¿tiene usted el registro de personas que vivieron en esta casa desde su construcción? No hay tiempo que perder.

Una obra de Francisco Javier Zambrana Durán. Pueden seguirme en mis redes sociales (@neyfranzambrana/Francisco Zambrana) o en mi blog de relatos.

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