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Todo el mundo tiene más o menos claro lo que es una fuente de contaminación. A simple vista, no nos resulta muy difícil detectarla. Dicha percepción resulta mayor cuanto más se evidencia a nuestros sentidos, especialmente a la vista (humos, micropartículas en suspensión en el aire, residuos en el agua), al oído (ruidos diversos) o al olfato (gases invisibles pero repulsivos). Estas ventanas sensoriales nos permiten, con sus limitaciones, detectar gran parte de las amenazas contaminantes que nos acechan cada día en el intramuros de nuestras propias ciudades, esas estructuras complejas y repletas de vida que durante siglos nos han servido de cobijo y de escudo protector y que hoy se han convertido en un generador incesante de agentes contaminantes de todo tipo; lo que empezó siendo una fórmula inteligente y eficaz de ponernos a salvo de los peligros externos, se ha transformado en una cloaca pestilente y ruidosa que pone en jaque la salud de sus habitantes; el enemigo se encuentra en casa ¿Y qué ocurre cuando la fuente contaminante escapa a nuestros sentidos? Pues que lógicamente nos impide tomar la debida consciencia para denunciarla y emprender medidas que atajen el problema.

Uno de estos casos de polución invisible, inodora e insípida irrumpió en nuestras sociedades modernas e industrializadas con la llegada generalizada de las centrales nucleares. Las consecuencias de la radioactividad, en caso de accidente nuclear, son incalculables y el problema de los residuos que genera parece que no encuentra una solución razonable y económicamente sostenible. Muchos  recordamos todavía los acontecimientos nefastos de Chernovil o los más recientes de Fukoshima.

Otro tipo de contaminación, menos mediática y alarmante pero que, sin embargo, responde a la misma naturaleza “indetectable” que encontramos en la radioactividad, son los campos electromagnéticos (CEM) de tipo “no ionizantes” de baja frecuencia, como son por ejemplo los que emiten las líneas de alta tensión que invaden a su paso algunas de las urbanizaciones de Alhaurín de la Torre.

La comunidad científica internacional, no vinculada a los grandes lobbies, lleva manifestando, desde hace varias décadas, su preocupación por el aumento incesante de las fuentes emisoras de CEM y por las consecuencias perjudiciales que podría entrañar una exposición permanente a dichos campos para la salud de las personas.

La propia Organización Mundial de la Salud (OMS) hizo suya dicha preocupación y muestra de ello, vio la luz el 26 de Julio de 2001 a través de la Agencia Internacional para la Investigación sobre el Cáncer  (IARC) que emitió una nota de prensa en la que anunció al mundo que clasificaba a los CEM como posibles agentes cancerígenos, basando esta clasificación en numerosos estudios que sugieren una mayor incidencia de canceres en poblaciones infantiles (Leucemias), por lo que desde entonces, insta a los diferentes gobiernos a aplicar el “PRINCIPIO DE PRECAUCIÓN” frente a actuaciones o políticas que fomenten la proliferación de estos campos electromagnéticos de manera indiscriminada. La exposición frecuente y/o residencial a estas emisiones electromagnéticas se debe, por lo tanto, reducir en la medida de lo posible, pero sin embargo, no podemos actuar sobre las infraestructuras de transporte eléctrico de alto voltaje que en muchos casos invaden peligrosamente nuestras calles y barrios.

El desarrollo exponencial y poco planificado de algunas de las urbanizaciones de Alhaurín de la Torre ha generado un sentimiento de indefensión entre los sus habitantes, generalmente los de las zonas periféricas, que ven como la administración municipal de turno ha obviado o ignorado en sus planes de ordenación urbanística el desmantelamiento o soterramiento de líneas de muy alta tensión, instalaciones éstas manifiestamente incompatibles con la habitabilidad y la salubridad de los núcleos residenciales afectados.

La exposición residencial permanente a los campos electromagnéticos (CEM) es un problema de salud pública y medioambiental que, a pesar de su invisibilidad, es totalmente detectable no solo con una instrumentación homologada. La simple experiencia de colocarse bajo estas líneas de alta tensión con tubos fluorescentes orientados hacia los cables, como ha podido demostrar recientemente un grupo de vecinos de una de las urbanizaciones afectadas de nuestro pueblo, permite comprobar, en vivo y en directo, como estos campos electromagnéticos “excitan” el gas contenido en ellos. Las líneas de alta tensión, aparentemente inertes, emiten incesantemente campos electromagnéticos poco o nada saludables para las personas que viven a proximidad y esta evidencia no nos puede dejar de brazos cruzados. Nos va la salud en ello.

Quien tenga ojos para ver que vea… aunque no es más ciego
que el que no quiere ver.
   

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