Antonio Serrano Santos: Mayla, (Ante el proyecto e inauguración de la sociedad protectora de animales de Campillos(Málaga)

Un proyecto:” S.O.S. MAYLA”, que me ha conmovido y, que al principio, no le di gran importancia. Hoy somos, mi mujer y yo, socios. Pero, la verdad, el interés de mi hija mayor, vicepresidenta, y de sus compañeras socias, me han convencido y me ha sugerido este artículo que es una refundición de otro anterior del mismo tema. Vaya en honor a ellas, a su valor, y en ayudar a la publicidad de este precioso empeño que mejora la convivencia entre hombres, los llamados animales racionales, y los animales que, a veces, son más” racionales” que los hombres. Aclaro: S.O.S., para llamar la atención del peligro que corren estos animales y la necesidad de, entre evitar esos peligros, para ellos como para las personas por las consecuencias del abandono, y la posibilidad de adoptarlos como mascotas fieles de sus amos; de ahí la sigla MA, de maullidos; y LA, ladridos; que son sinónimos de sus S.O.E.

No hace mucho que se ha extendido la afición a los animales de compañía, o mascotas, como se les suele llamar ahora.
Y digo que no hace mucho porque parece que el hombre de hoy, y no digamos las mujeres, se siente cada vez más solo en medio de la bulliciosa sociedad que nos rodea. Y parece, también, que no le basta la compañía de otras personas. No es infrecuente escuchar frases más o menos como ésta:” Cada vez que trato a los hombres, quiero más a los animales”. Algo de esto ya decían filósofos clásicos como Sócrates: “ Cada vez que estoy con los hombres vuelvo menos hombre”. O aquel Diógenes, el Cínico”(cínico viene del griego y significa perro, por la vida que llevaba en un tonel): “Busco un hombre”, contestó a los que le preguntaban, extrañados, qué buscaba al verlo en pleno día merodeando por la plaza con una luz en la mano.
Yo tenía un perrillo, todo lana rizada de algodón .Boby le pusimos. Fue un trauma a mis nueve años verlo agonizando, atropellado por uno que tenía mucha prisa. Fue tal la pena que no me atrevo a encariñarme del todo con ningún animal. Les doy un cariño provisional. Aunque los mimo y cuido, ya mi miedo a perderlos me impulsa, sin querer, a no entregarles todo mi afecto. Tuve a un Kity, provocador don Juan, que le costó la vida  su donjuanismo y que dejó el pueblo sembrado de crías. Ladraba al lucero del alba. Unos niños lo mataron a pedradas. Mi hijo mayor lo encontró muerto y lo acarició, con lágrimas, antes de enterrarlo, acompañado de sus hermanos en el duelo.
Tuve una Laika, medio yorksay y chucho. Dulce y miedosa hasta morir de espanto y esconderse en los más insólitos rincones al escuchar los cohetes de feria. Y tenemos ahora a Nano, enano, no tanto, medio foxterrier y chucho, regalo mío en aniversario de boda a mi mujer. Listo como un zorro, astuto y suicida con los perros grandes. Parece, con los bigotes y las cejas pobladas, un viejo coronel inglés. Tiene complejo de superioridad. Mi suegro fue al barbero y le dijo al peluquero: “Antes de arreglarme a mí, arregle usted  a éste”. Por los bigotes y cejas que tenía. También tenemos, y esta es otra historia, un chucho, Fidel, de mi nieta. El padre no lo quiere porque vomita de nervioso que es; se orina en su sitio del sillón y de la cama. Y es porque le teme. Es una forma de someterse o de , tal vez, vengarse. Lo tenemos con la promesa de devolvérselo a mi nieta. La abuela es la responsable de acogerlo, con la promesa de guardárselo. Es gracioso, pero una máquina de ladrar contantemente. A la fuerza tengo que jugar con él con la pelota. Y, por fin, Nela. Una podenca que mi mujer encontró en el campo, atada por el cuello y sin poder llegar, apenas, a una lata mohosa de agua. Todavía tiene la señal de la soga. Mi mujer la desató, la lavó, le quitó pulgas y garrapatas. Discutió con el provisional dueño que le daba un mendrugo de pan cada 48 horas. Cuando la tuvimos, por fin, en casa, resulta que parió cuatro cachorrillos preciosos que costó llanto regalarlos, porque decía mi otro hijo que él no vendía esclavos”. A Nela nunca se le acabará el miedo, pánico, cuando la sacamos, de tantos malos tratos que recibió. Hoy es feliz, noble y cariñosa y obediente hasta con un solo gesto que le hagamos. Tiene una estampa bellísima. Nos la han querido comprar, pero ya es de la familia.
Pero, curiosamente, todos eran y son, protectores de mis hijos pequeños. Avisaban cuando estaban enfermos. Nano, para salir de paseo, tiene su ama que darle permiso; si no, no se viene conmigo. Adivina nuestro pensamiento. Se planta delante y te mira fijamente a los ojos. Le ladra a su ama, impaciente, cuando se entretiene demasiado charlando con la gente. En la playa le agarra con la boca de las manos para sacarla del agua. No se fía.
Teníamos, además, dos canarios. Uno parecía una llama encendida, todo naranja y rojo. Cantaba varios minutos sin respirar y su compañero, uno que tenía 19 años(¡19!) estaba acomplejado y no cantaba porque antes ,milagrosamente, cantaba como de joven. Se murieron y ahora un par de pajarillos “diamantes”, pequeños que no paran de lanzar una especie de grititos continuos muy graciosos.
Mi hijo, el menor, de niño, tuvo una pareja de hamsters que le dieron más de cuarenta crías. Los vendió, repartió y algunos se escaparon, como la madre, Belinda, que la primera vez que se escapó pasó hambre, y la segunda se llevó el buche lleno. Cuando la cogimos, había dejado un agujero en el tubo del butano…Lloró su amo al tener que enterrarla,. Murió de vieja.
Mi  hija pequeña se trajo, de donde trabajaba, cuatro(¡cuatro!) gatitos porque el dueño, con una manguera de riego, expulsó a la madre, sin compasión. Vivió, el que parecía el más débil 13 años. Por cierto, que resultó Kity, de nombre, Kitina. Noches de insomnio, biberones, etc.
Mi hija mayor, lloraba, inconsolable, llevando en brazos a una gatita negra, que  se desangraba, en estertores. Tenía cáncer, fue mal operada y la llevó a sacrificar. Mi otra hija gatuna, la tercera, la encontró, en una noche de tormenta, comiendo el pan mojado del suelo. Un día la sorprendimos abrazada a un jamón. Parecía decir: ¡”Juro por Dios que no volveré a pasar hambre!”. Como la señorita Escarlata en “Lo que el viento se llevó”.
La mayor se trajo en el tren una gatita rubia, preciosa, enferma y desahuciada. Cantaban  ella y sus amigas cuando pasaba el revisor porque no paraba de maullar. Era Navidad y la gata se metió en el portal del belén. Se curó, con extrañeza de la veterinaria. Y le cantamos un villancico, que dice así, más o menos, con infantil ingenuidad:
“En el portal de Belén
ha entrado una gatita,
muriéndose, al parecer,
y el Niño le ha dado vida.

Cojita va y renqueando,
se acerca hasta la cunita,
ronroneando, ronroneando,
se roza con su carita.

El Niño Jesús se ríe,
la Virgen la acaricia.
Y el bueno de San José
le da una sardinita.

A Jesús le dan gracias
los Serranos con villancicos,
porque hace que en su casa
se curen los animalitos.

Podría contar tantas anécdotas…Pero esto que digo sé que se repite en muchos hogares. Pero, por desgracia, todavía hay muchos, demasiados, que no saben apreciar a estos animales que nos dan compañía, cariño, protección, fidelidad y ejemplo de  conductas, muchas veces, mejores que las humanas.
Mi hijo, el de los hamsters, vio arrojar por la ventana de un coche que le precedía a gran velocidad, un perrillo, un cachorro. Seguro que reventó. Aceleró para alcanzarlo, inútilmente, gritando:” ¡Hijo de puta!¡Cabrón!.” Los cachorros son un regalo para los niños, y, luego, cuando van creciendo y afeándose, se cagan y mean y roen todo y no quieren o no saben educarlos, y los abandonan.
Yo he visto, y vosotros también, creo, cómo enfermos con deficiencia psíquica profunda, que no reaccionan a ningún estímulo, sonríen y hasta ríen, acarician a las mascotas que le llevan, los abrazan…Es la mejor terapia. Y los perros lazarillos, los perros policías, los sanbernardos…
Hay un pecado, como el de las infracciones graves de tráfico, del que deben confesarse, al menos los que se llaman cristianos y que no lo hacen: abandonar, maltratar, educar para peleas y agresividad a los animales. Por fin la ley cambia en delito lo que era falta en el trato de animales. Acaban de condenar a un año de cárcel al dueño de un perro al que le reventó el hígado de una patada porque se cagó en la sala.       Usaba yo en mis clases de latín, para análisis, una pequeña historia de la antigua Roma: Un niño caminaba por la orilla del mar hacia la escuela. Asomó un delfín que, curiosamente, nadaba paralelo al chico por la orilla. El chico le lanzaba pedacitos pan y pequeños objetos. Y así jugueteaban y hacían gracias. Varios meses ocurrió lo mismo. Un día el niño no apareció. Había muerto. El delfín siguió fiel a la cita algún tiempo. Un día apareció muerto en la playa. Y lo enterraron junto a su pequeño amigo.
Perros han muerto junto a la tumba de sus amos, sin querer comer ni alejarse.
¡Cuánto amor, cuánta lealtad!. ¡Hasta después de la muerte! Yo vi a una gatita rubia que siempre se adormilaba en la falda de mi suegra, lamerle la mano, tendida y muerta ya en la cama.
El  cardenal Karol Woitila, iba a coger el avión que lo llevaría a Roma, donde sería elegido Papa, Juan Pablo segundo. Una viejecita se le acercó llorando porque una vecina le había quitado una gatita que era su única compañía. Dejó el purpurado el avión, y fue a convencer a la vecina  para que se la devolviera.
Este mismo Papa llegó a decir que los animales “tienen un soplo divino de vida”. Mis nietos me preguntan si van al cielo. Yo digo que Dios no hace nada para después destruirlo. De alguna manera, cuando El “haga los cielos y la tierra nuevos”, todo lo que creó, todo lo que existe, lo mismo que las semillas de los frutos que caen al suelo, lo mismo que la primavera se renueva, todo se transformará, nada quedará totalmente aniquilado. Sólo quedarán excluidos  los que no amaron,  los que despreciaron ese gran amor que nos viene, nos rodea y nos provoca a agradecer, valorar y amar  a través de las criaturas. Francisco de Asís, el máximo amante de las criaturas, decía:” Hermano lobo, hermana agua, hermano sol, hermana muerte…” Esos animales de compañía son nuestros hermanos, no sólo mascotas. Criaturas hermanas.
“¡Callad, callad, que ya sé lo que me queréis decir!” Decía, emocionado, el pobrecillo de Asís, dándoles con su bastón a las florecillas de la orilla del camino.
Ya os imaginaréis lo que querían decirle.

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