(Por la Novia Roja de la Prensa) Me paso por aquí para deciros una «tontería de ná», una pequeña reflexión anatómica que igual les acaba provocando una erección de conciencia a más de uno.
¿Os imagináis que los genitales masculinos tuvieran nombres de mujeres?
¡Madre mía, la que se iba a liar! Habría hombres indignados, asociaciones de afectados por la feminización médica, debates en televisión con algún tertuliano preguntándose si esto no será ya pasarse de feminismo. Vamos, que solo queremos guerra. Nos dicen que esto es una tontería, que hay problemas más importantes, que estamos siempre con lo mismo…
¡Pues claro que hay problemas más importantes! Pero una cosa no quita la otra. Podemos luchar por la igualdad salarial, contra la violencia machista y por nuestros derechos mientras nos preguntamos por qué la anatomía femenina parece llevar tanto apellido masculino.
Pero es que resulta que así es:
-Las trompas de Falopio: deben su nombre al anatomista y cirujano italiano Gabriele Falloppio,
-Las Glándulas de Bartolino: al anatomista danés Caspar Bartholin el Joven.
-Las glándulas de Skene: al ginecólogo escocés Alexander Skene.
-Clítoris: Es una palabra que adaptó el anatomista italiano Mateo Realdo Colombo.
-Vagina: Por el mismo Mateo Realdo Colombo anterior.
-Himen: Proviene del griego hymen, que significa membrana (en la mitología griega, Himeneo era también el dios del matrimonio).
-Ovarios: Por los anatomistas Johannes van Horne y Regnier de Graaf.
-Y sí, también tenemos el famoso punto G, que debe su nombre a Ernst Gräfenberg, un ginecólogo alemán.
Por eso, cuando alguien nos dice aquello de «Pues que lo hubieran descubierto ellas», dan ganas de contestarle dos cositas.
-Una: durante siglos, a las mujeres se nos puso toda clase de obstáculos para acceder a la educación, estudiar medicina, investigar y publicar nuestros trabajos. ¡Qué misterio, oye! Es como si cerraras una puerta con llave y luego te quejaras de que nadie entra.
No es que los señores se sentaran en una reunión secreta a repartir nombres masculinos para nuestros bajos fondos. Es algo más profundo: durante mucho tiempo, la ciencia estuvo en manos de quienes tenían permiso para ejercerla, y las mujeres no estábamos precisamente en primera fila. Pero una cosa es reconocer las aportaciones científicas, que por supuesto, y otra muy distinta olvidar que las mujeres también han investigado, descubierto y contribuido al conocimiento, aunque demasiadas veces hayan tenido que abrirse paso a codazos entre batas blancas y prejuicios negros.
-Y Dos: Y aquí viene lo interesante. Muchos nombres anatómicos son epónimos, es decir, llevan el apellido de quien describió una estructura o contribuyó a su conocimiento. Vamos, que encima ellos se atribuyeron el descubrimiento de nuestros cuerpos. No señores, ya lo traíamos de nacimiento, no aparecieron por arte de magia cuando un señor levantó una sábana y gritó: «¡Eureka, una vagina!». ¿En serio?
Aunque, bien pensado, a lo mejor no es que nuestros cuerpos tengan demasiados nombres masculinos. A lo mejor es que durante siglos hubo demasiados hombres decidiendo cómo debíamos llamar a las cosas.
Y sí, sé que hablar de genitales puede resultar un coñazo.
¡Uy, perdón! ¡Si hasta el coño está en masculino!
Ea, ya podéis volver a vuestras cosas.













