image

“¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos!”                                                                                                             (G.A.Bécquer)        Sobrecogedor minuto la visión de la fantasmagórica aparición y vuelco del tren, en la curva de entrada, a endiablada velocidad.        Sobrecogedor ese minuto de silencio en toda España, en solidaridad con los familiares de las víctimas, en r ecuerdo y oración, clamorosamente silenciosos, por los muertos y heridos. De resonancia internacional.        “¡Buscad a mi hijo! Tiene dos años. ¡Buscad a mi hijo!”. Esa imagen en portada de los periódicos; ese rostro de dolor indefinible, y llanto humilde y silencioso  del padre, rompe todas nuestras categorías humanas. Pero ¡qué respuesta la del corazón del hombre, a pesar del dolor y de la maldad que nos rodea e invade!¡Qué verdad aquella: “el dolor provoca el amor!”. La unión. Los eternamente desunidos por ideologías y tantas diferencias, a veces, absurdas  e infantiles, como rabietas de niños, todos unidos.          Un minuto de silencio. Un minuto de amor. Un minuto de humildad reconociendo nuestra fragilidad, de que nos necesitamos todos, de que no somos nada el uno sin el otro.         El llanto de este padre y el de los que perdieron a sus seres queridos, más queridos y recordados ahora, es la expresión de un doble dolor: “¡Dios mío, qué solo se quedan los muertos!”, sin nosotros, sin nuestra ayuda y consuelo. Y ¡Dios mío, qué solos nos quedamos los vivos! Sin ellos, sin su amor y compañía…         Engrandecedor minuto de silencio para la raza humana. Eco eterno interior de la voz de esa conciencia que nos pide “más gestos que palabras”. Dice el clásico: ” Nunca me arrepentí de haber callado y sí, muchas veces, de haber hablado”. Ahora callamos, por amor, pero ¡cuántas veces hablamos por odio!.        Ese honroso silencio sirve de testimonio de solidaridad y condolencia sincera, a las familias doloridas. Pero nos podemos preguntar: ¿De qué sirve a los muertos? El silencio, como las flores que llevamos al cementerio¿de qué les sirven a los muertos? ¿No es, más bien, por nosotros?¿No es un imposible intento, casi desesperado, de mantener, aún, nuestra vida con ellos?       Para el creyente, la fe le da la esperanza de que viven, que volverán a verse, de que el minuto de silencio no es un minuto vacío; es un minuto de oración, de esperanza, un modo de permanecer unido a quien tanto amó y tanto le amó.      Para el que, quizás, a su pesar, ese minuto no tiene trascendencia,  le deja solo ante lo que para él es inexplicable, más solo aún que los muertos sin esperanza de vida y, quizás, con la noble duda de su sinceridad ante el dolor que quiere compartir. Pero nada más.     Un minuto de silencio. Un minuto de oración, de esperanza, de amor. De unión.