caliz1A mi muy querido obispo, Don  Ramón Buxarráis Ventura, que me honra con su amistad, en su onomástica, y sin ella, pero que da la oportunidad de dedicarle este artículo tan en consonancia con lo que sé es : un humilde contemplativo, con vocación de cartujo, hombre de escuetas palabras y fecundas obras. Dejó su obispado y se entregó al servicio de ancianos en el Centro Asistencial de Melilla; capellán de la cárcel, creador  del taller de formación para jóvenes ex presidiarios, colaborador en revistas misioneras con su buen estilo literario; ya fue misionero Hispanoamérica. Recuerdo aquella entrevista con Jesús Montero en Canal Sur: “Señor obispo, le molesta que me llame Jesús?- En absoluto.-¿Quiere rezar algo? Y el obispo, sin alarde ni falsa humildad, se recogió y habló con Dios, delante de las cámaras, como si estuviera en la más absoluta soledad y el más profundo silencio, con la sencillez y candor de un niño con su padre.

El que yo siga enviando artículos a los periódicos digitales se lo debo a él que me animó estando yo a punto de dejarlo. Sus consejos y ánimo me decidieron a seguir dejando en manos de Dios y de mis sufridos lectores el resultado de estos intentos de hacer bien a las mentes y los corazones. Gracias, mi buen obispo y amigo Don Ramón. ¡Ojalá este pobre gesto le sirva de felicitación que bien se merece!

 

 

Para creyentes y para los que no lo son, así como Buda, Confucio, Lao Tse  y los grandes pensadores, filósofos y místicos de la Historia, que han merecido el estudio, el interés y hasta su imitación, María, la joven israelita que en la historia cristiana y en otras religiones ha merecido un puesto imprescindible, es objeto, también, de estudio  y análisis psicológico, histórico  y exegético. Es motivo constante e ineludible en  el arte, en general, como la pintura, la escultura, la música, la literatura y, hasta más recientemente, el cine. Creo no exagerar si digo que no hay otra figura más popular e histórica, porque está en la Historia, y en nuestra presente historia, en, prácticamente, en toda la geografía mundial, aunque algunos pretendan adjudicarle una falsa identidad y origen no cristiano. Es tan fuerte esta presencia, y tan documentada, que esta pretensión ha sido inútil. Ya en siglo cuarto, después del Concilio de Efeso donde se definió la Maternidad Divina de María, el pueblo cristiano salió a la calle con antorchas, rezando por primera vez lo mismo que hoy en  todo el mundo : “Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén”, pasando a confirmar, por si hubiera alguna duda, una sencilla, pero trascendental  narración evangélica, con  un hecho, también trascendental, histórico.

 

Eso es lo que me mueve a presentarla, en este siglo de la prisa y la superficialidad, como ejemplo humano, para unos, los que, por ejemplo, admiran la filosofía y la mística de Oriente, y para otros, los inmersos en la agitada vida mundana, siendo cristianos.

 

“Mas después que la profunda consideración sacó del fondo secreto y amontonó en presencia de mi corazón toda mi miseria, se desató  en mí una desecha  borrasca, preñada de copiosa lluvia de lágrimas”.Estas son las palabras del gran convertido, San Agustín, en el libro de sus “Confesiones”. El máximo pensador, filósofo, teólogo y escritor desde el siglo cuarto. Su reflexión, junto a su búsqueda y súplica para hallar  la verdad, le sacó de una vida de lujuria, vanidad, dudas, soberbia  y errores que parecían no tener salida. Habla de reflexión ante su corazón. Y añade después:” …como si una luz de seguridad se hubiera infundido en mi corazón, todas las tinieblas de la duda se desvanecieron”. Todos los que han seguido este camino de reflexión ante la sinceridad de su corazón, han llegado a acertar en la orientación de sus vidas y encontrar las respuestas a sus dudas. Incluso fuera del ámbito religioso, como los clásicos greco-latinos. En el silencio y la soledad, porque el ruido es el peor enemigo”. “No huyo del mundo, decía el buen poeta Martín Descalzo, sino del  ruido”.¡Cuántos llenan ese silencio que necesita el espíritu con el ruido de músicas trepidantes, ensordecedoras, que agitan cuerpos  y  mentes, gritos y vocerío en lo  que debería ser coloquio y  tertulia  amigable en  televisión, radio y eventos.

 

“María conservaba todo esto y lo meditaba en su corazón”(Lc.2,19-20). En la adoración de los pastores. “ Y su Madre guardaba todo esto en su corazón”(Lc.2,51-52). A los doce años de Jesús en su encuentro en el Templo.

 

Por eso, Lucas pudo saber de boca de María ¿de quién, si no? las escenas y palabras íntimas que sólo Él, de los cuatro evangelistas, narra en su evangelio, y sólo Ella podía saber. “ después de informarme exactamente de todo desde sus orígenes”, afirma rotundamente al  comienzo.

 

La conservación y meditación en el corazón supone la reflexión profunda, acompañada de un afecto o sentimiento sereno sobre algún acontecimiento que guardamos porque nos afecta íntimamente y  despierta un interés sano por saber su significado en nuestra vida y, desde la fe, si es Dios que quiere algo de nosotros.

 

La primera reflexión de María fue después del saludo de Gabriel: “ Ella se turbó al oír aquellas palabras y reflexionaba qué podría significar aquellas palabras de la salutación”. María es, por tanto, un alma contemplativa. El objeto de su reflexión, de su contemplación, es Dios, y la palabra de Dios. Y la esperanza del Mesías. Esta última era propia de todo el pueblo judío. Sólo que Ella, en su humildad, no esperaba ni deseaba, como las demás israelitas, ser su madre. De ahí su turbación y su sorpresa.

 

Ya el canto del Magnificat nos dice claramente cómo Ella conocía la Escritura Sagrada, las promesas mesiánicas y su sentido profético. Ella misma forma parte de las profecías y es profeta: “ Me llamarán dichosa todas las generaciones”.”Su misericordia llega a todos sus fieles de generación en generación”. Pero el objeto primario y principal de su reflexión y contemplación era Dios: “Mi alma engrandece al Señor y mi espíritu se alegra en Dios, mi Salvador”; eso, de principio: Dios siempre y antes que haberla elegido. De ahí la respuesta al “Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te amamantaron” :“ Pero más dichosos los que oyen la palabra de Dios y la guardan”. Y luego, en segundo lugar,”porque se fijó en la pequeñez de su esclava”. “He aquí la esclava, la servidora del Señor”. ¿No aprendería algo de Ella, ya de niño, Jesús, si hablamos humanamente, cuando decía: “ Yo  estoy entre vosotros como el que sirve”. No he venido a ser servido sino a servir”. ¡Cómo serviría y con qué amor y sencillez, Ella, a Jesús, a José, a Isabel en su embarazo y parto, y a todos! Ya en las bodas de Caná la vimos darse cuenta, antes que nadie, de la falta de vino y buscó, rápida, la solución, evitando una vergüenza para los novios.

 

Es interminable la cantidad de reflexiones y deducciones que se pueden sacar de cada acto y palabra de María. Se acerca mucho al  misterio de Jesús.

 

“Mi alma engrandece al Señor”. Cuanto más humilde es un alma, más grande le parece el Señor. Porque al ver que El “ abajándose hasta ella, tan pequeña, muestra así Dios su grandeza infinita”(Sta.Teresita del Niño Jesús).Si “el  que se humilla será ensalzado”, la más ensalzada es y será María por la total convicción que tenía de su pequeñez, por su humildad radical y total confianza y dependencia de Dios. Como en su embarazo, al no dar explicaciones a su esposo, sabiendo que solo Dios podía darlas, ni él se las pidió, extrañado del silencio de su esposa. Se humilló totalmente.

 

“…y mi espíritu se alegra en Dios, mi Salvador”. He aquí la razón fundamental que explica la misteriosa alegría de los santos que sonríen ante la muerte, el martirio y las persecuciones. La alegría del cristiano que ama a Dios, a Jesús, a todos, y se cree y siente amado por Dos. La alegría de la esperanza en el cielo, la vida eterna con Dios. “ Que no reina Dios por lo que uno come o bebe, sino por la justicia, la paz y la alegría que da el Espíritu Santo”(San Pablo). “Yo también quiero resucitar, ser feliz toda la eternidad, y vivir con los que tanto amé, una paz que no terminará”, dice el cántico eucarístico, esperanza del cristiano.

 

“…María guardaba todo esto en su corazón”.En su corazón. Cuando  las reflexiones teológicas y las meditaciones espirituales se quedan, fríamente, en la mente y no pasan al corazón y por el corazón, “ si  no llevan el espíritu de Dios, harán  más daño que provecho”(San Francisco Javier).Amar lo que se estudia, amar la teología, amar las meditaciones espirituales. Amar la Palabra de Dios es amar a Dios. Es una prueba del amor y a su Palabra la humildad con que se lee y estudia y se enseña, buscando y preguntándose por el significado que Dios le da y no dándole el significado  que uno quiere, le parece o impone.” La Sagrada Escritura ha de ser leída con el mismo espíritu con que fueron escritas”(San Agustín).Como María, que lo guardaba todo y lo meditaba en su corazón”.

 

El teólogo, el cristiano que lee y estudia la palabra de Dios, debe ser, como María, un contemplativo, para transmitir lo contemplado a otros desde la verdad y el amor; de lo contrario, ni es verdadero teólogo ni  auténtico cristiano. Esa es, precisamente, la intención general  de este Papa para este mes: “  Que los hombres y mujeres de nuestro tiempo, a menudo abrumados por el bullicio, redescubran el valor del silencio y sepan escuchar a Dios y a los hermanos”.