(Francisco Javier Zambrana Durán – Alhaurín de la Torre)

Se pueden contar dos historias en Navidad. La primera es de riqueza, de cantidad, de volumen de productos, de bienestar y de saciedad. La segunda es de falta, de dificultad y de calor, aunque solo sea calor. En Navidad las historias que se escriben siempre pasan por esos dos extremos, se quiera o no. Como un círculo que nunca se cierra, año a año las recordamos, las hacemos nuestras y las compartimos con los que nos rodean, casi sin percatarnos de que son las mismas que el anterior.

En estas dos leyendas existe siempre un factor común que termina por unirlas, que las anexiona como un imán lo haría. Pese a que el sufrimiento esté presente en una en abundancia y en otra en carencia, las dos se nutren de la misma finalidad: compañerismo. La Navidad siempre significó reunirse y tener en estima al que no vemos durante el año, al que no tenemos en cuenta cuando todo nos va bien, al que obviamos si no nos hace falta nada de él. Sí, precisamente este es el compañerismo: vivir aislado de todo, menos de lo que nos place como personas; dejar de lado a quienes nos han querido, menos en estos momentos en los que todo parece que se soluciona con un simple mensaje.

Hasta el momento, el único problema era este. Solo existían dos formas de narrar la Navidad, centradas ambas en el relato eterno de aquel que tiene y aquel que no. Sin embargo, hoy evolucionamos.

Antes las llamadas corrían, y lo hacían porque nos importaba a quién le dedicábamos un mensaje. Elegíamos a la persona, la apuntábamos en nuestra lista física o mental y descolgábamos el fijo mientras poníamos la mesa. Incluso enviábamos postales a los que más lejos residían, a los que nos importaban, y a los que iríamos a ver con total seguridad el año próximo, aunque no supiéramos ubicar su país en un mapa.

Ahora a las 18:00 es momento de coger una de esas imágenes que ya tenemos en la galería, que nos han enviado otros tal y como nosotros lo haremos, es decir, a todos nuestros contactos. Con tanta frialdad como la que hay en las calles cuando nadie las frecuenta en horas más tardías, se celebra la Navidad en nuestros Whatsapps. Iconos y felicidad llenan una pantalla vacía en su interior, solo controlada por emociones inventadas, interpretadas por quien nos lee en su contexto, no en el que nosotros queremos crear.

La realidad es esta, lo sigue siendo. Las historias convergen ahí. Siendo rico o pobre, en Navidad siempre nos llegará un Whatsapp. Siendo ricos o pobres tendremos dos realidades, dos navidades. Una, la verdadera, con su gota de falsedad pertinente en la que todos nos acordamos de todos; la otra, la virtual, en la que una máquina se acuerda de todos, por ti, sin que ni siquiera tengas que acordarte tú.


Realizado por: Francisco Javier Zambrana Durán (@neyfranzambrana/Francisco Zambrana).

Fotografía de Francisco Javier Zambrana Durán. – Todos los derechos reservados.

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