Dicho esto, a las parejas homosexuales la ley les concede los mismos derechos que a las heterosexuales, por lo que, en buena lógica, no tiene por qué llamarse matrimonio,  el cual tiene otra definición etimológica y tradicional; y reconocimiento histórico universal, que nunca tuvo la condición homosexual. Es, más bien, en general, una táctica política y reciente. Parejas homosexuales hay, muchas, a las que no preocupa esto y prefieren seguir así, sin llamar a su estado matrimonio. Tienen la cultura y sentido común suficiente para no querer ser matrimonio. Y se quieren, sin más, sin nombres ni polémicas y basta.

En cuanto a la ley, al tratarse de un problema que sólo afecta a una minoría de la sociedad, deja de ser ley para convertirse en privilegio, porque toda ley se define como “toda norma dada por la autoridad competente para el bien común”, es decir para toda la comunidad o sociedad. Al legislar para una minoría de la sociedad la ley se convierte en privilegio. No hace falta una ley, sino otras disposiciones de la autoridad que le reconoce los mismos derechos que a los matrimonios tradicionales. Lo mismo se podría decir del aborto, sólo en cuanto ley, que no la necesita Porque  no toda la sociedad está abortando, ni toda la sociedad es homosexual.

La razón que aduce el Tribunal Constitucional de que es un hecho socialmente  extendido y aceptado, no vale, porque, entonces, todos los hechos reconocidos como existentes y extendidos, serían también objeto de una ley, como la violencia de género, los  robos, estafas,desahucios y la corrupción, y habría que reconocerlos, entonces, como legales.

No creo que por llamar matrimonio a la pareja homosexual, legal o socialmente, va a desparecer el matrimonio tradicional. Aclarar las cosas está bien; pero convertir en polémica, y menos en falta de respeto a la dignidad de esas personas, es injusto y nada cristiano. Creo, a pesar de ir en contra y ser mal visto por algunas  autoridades de la Iglesia, que es una pérdida de tiempo. Que los matrimonios cristianos lo sean de verdad, que den ejemplo y no  separemos más a los homosexuales de la Iglesia y del mensaje de acogida universal de Jesús, especialmente para los marginados como ellos, intentando,sí,que vivan su homosexualidad también como cristianos, y confiemos en Dios y en el fondo de bondad que hay en todos los hombres para atraerlos con amor y no con descalificaciones, sea o no, por el nombre que le den a su unión, especialmente, si no siguen la enseñanza de la Iglesia.

Hubo un tiempo, no muy lejano, en el que los sacramentos se recibían en un solo día y acto, sin apenas, o ninguna, preparación y seguimiento. Hoy sí hay catequesis de preparación y seguimiento para las primeras comuniones, bautizos y matrimonios; hasta para la confirmación, que, antes, apenas para este sacramento ni existía ni se recibía. Más que el matrimonio homosexual debe preocuparnos el aumento constante de matrimonios civiles entre cristianos, las parejas de hecho también cristianas, los divorcios igualmente entre cristianos y las declaraciones de nulidad.  Todo esto es fruto, aparte de la influencia ambiental, de ese descuido al que me referí antes. Y no hay que culpar a estas personas sino de la falta de previsión, llamémosle así, por no decir falta de esa fe y celo y amor heroicos que ahora les pedimos a los homosexuales.

La Iglesia, que somos todos, va aprendiendo de sus errores y, aunque ya prepara y sigue a sus fieles en los sacramentos, todavía (ya se está haciendo algo) hay un lujo y derroche paganizante, con crisis y sin ella, en la celebración de esos sacramentos. A muchas parejas y familias esos gastos son un desafío a su fe tradicional en esas celebraciones, y optan por hacerlo, si  no sencillamente, a no recibirlos siquiera.