¡Saquen al muchacho! ¡Sáquenlo! Ése era el último desgarro que tal vez oiría, antes de hundirme para siempre. Luego la dirección forextradingbonus.com/es/ calcándome desde las máquinas, como diciéndome el inicio de todo esto poco antes del sueño caído de la luz. ¡Saquen al muchacho! ¡Sáquenlo! Lo que oí en varias manifestaciones en Venezuela antes de ver a varios muchachos alzados en brazos ajenos como banderas ensangrentadas, obra lúcida del poder en cuyo fondo no había más que nosotros mismos.

Las luces verticales y distorsionadas bajo el agua del río desbordado, luces rojas y verdes en la orilla bajo el puente Simón Bolívar, me daban la lucidez de la conciencia próxima a la muerte, besando otras orillas mientras una sombra se aproximaba hacia el agua, igual que la eternidad.

Las luces rojas y verdes como cuando hacía scalping y gaps que ahora se multiplican sin fin, siendo el agua del río caída en la boca de la noche impronunciable.

Cada gráfica rompía el cascarón haciéndose multidimensional con cada gap, cada brecha creciendo hacia la inmensidad, no el fondo del río, y las trazas de las balas de un lado a otro de la frontera que veía hundiéndome y hundiéndome más cazaban estrellas fugaces bellamente a un lado, cadáveres invisibles en el silenciario del agua, cadáveres alimentando a cada gap o brecha  que luego entregaban los recuerdos de la vida breve…

Mamá dándome los legos, Tetris en asociación libre y lúcida, las gráficas de Forex, qué más da si intenté hacer sueños desde la máquina aunque el poder los haya hecho estallar en pedazos, luego cuando le regalé el reloj a papá, cuando me negué a aceptar la extorsión de un perro del poder  por lo que obtuve con Forex y criptomonedas, negación causante de mi huida, después María Luisa dando el beso o el signo hacia el silencio definitivo.

Minería, diríame lejano de la luces de la orilla, quién buscaría la luz vacía, sin rostro al fondo del río, y podría regresar dando sus signos detrás de las paredes, las ventanas, moviéndolas desde la ausencia, es la vuelta lúcida del agua y las luces de la máquina, pensamiento puro, minería incesante de datos, impulso ciclópeo que se mueve en lo inconmensurable de la conciencia, se siente cálido, pues las luces de la última Navidad con mamá, papá y María Luisa llegan tan intensas junto a ellos, luces escuchando al siempre detrás de la pared junto al inmenso árbol donde están…Cuán callada llega la muerte…

Potente es el reflujo violento del río, del azar, podría destrozarme el cuerpo contra su lecho y sus rocas, podría ser yo arrojado entre dos nadas: la inmensidad y la mano tan cerca del agua, haciéndose eterna en mi ascenso.

De pronto la mano fue golpeada por una luz de la orilla, y se abrió como solo pueden abrirse los relámpagos cuando son paridos por la tormenta, tan vivaz esa mano que luego vino el brazo desnudo iluminándose, fulminando veloz al silencio ¡Saquen al muchacho! ¡Sáquenlo! Y el hombre dueño de la mano y el brazo que me sacan, allí en la orilla, luego me ayuda a evadir las balas que pasan  tan cerca como cuchillas, salvándome tan definitivo de la muerte, para luego desaparecer antes de que yo junto a otros venezolanos cruzáramos el paso fronterizo hacia Colombia.

Quedaba el pasaporte y unos dólares. Y la ciudad de Cúcuta, inmensa en medio de la noche y la luz vacía por el corazón que aún tiembla, cuando a veces una de sus manos irrumpe veloz en una oscuridad aleatoria, me toca el hombro y mi María Luisa dice “Vámonos, Moisés, déjelo, eso lo minará mañana la granja”.

Y no me abandonan el río, la mano y el brazo y el hombre que salvan como un relámpago, aún al fondo del sueño.

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