Tema propio para el” Día de los Difuntos”  y de “Todos los Santos”.

Tiempo y eternidad. El pasado ya no es tiempo. El futuro, aún no lo es. El presente es un momento que no se detiene, que va dejando de ser tiempo, y sólo existe y lo concebimos en función o relación con los otros dos, de un antes y un después. Ya Platón decía que” el tiempo es imagen móvil de lo eterno”. No existe, sin embargo, una definición clara y los filósofos se han devanado los sesos y siguen así, intentando definir, explicar el tiempo.

Si es así ¿qué podemos decir de la eternidad? ¿Es un concepto abstracto o algo real?  ¿Forma parte del estudio de la filosofía o de la teología, o de ambas a la vez? Sabemos que tenemos idea del tiempo observando el movimiento, el cambio de las cosas; que hay un antes y un después a lo que llamamos duración. Y no sólo de las cosas materiales, físicas, sino también de las inmateriales, como la duración de un pensamiento, un razonamiento, un sentimiento.

Pero la idea que se tiene de eternidad, aplicada a las cosas físicas, materiales, es confusa y hasta incomprensible. Hay quien defiende que el mundo, el universo, es eterno; es decir, sin principio ni fin. Partiendo de lo conocido a lo desconocido, de lo particular a lo universal, sabemos que, en realidad, todo es energía, materia-energía. Que se puede convertir toda materia en energía y viceversa. Y que si lo particular, digamos el microcosmos, es energía-materia, el universo, el macrocosmos, es también, materia-energía.

Aceptado el Big-Bang, vemos que todo tuvo un principio, un origen; luego no puede ser eterno el mundo. La conversión materia-energía,energía-materia, implica duración, cambio entre las dos, pero no en su origen, porque no se lo dieron por sí mismas, sino son posteriores al Big-Bang. Implícitamente, por tanto, reconocemos que hubo un antes de ese Big-Bang porque si no ¿cómo explicar la aparición del Bi-Bang?

Ya aquí, no la ciencia ni la filosofía, sino el más elemental sentido común nos lleva a admitir, o a sospechar, una causa ajena en su naturaleza al Big-Bang y a la energía-materia y anterior a ambos, pues de lo contrario el Big-Bang se negaría a sí mismo al dejar de ser el origen del universo, de la materia-energía.

Decía antes que la idea de eternidad es confusa e incomprensible aplicada, sobre todo, a las cosas materiales. Eternidad, por oposición al tiempo, es ausencia de duración, de cambio. Como se ve, es una definición por lo que no es, más que por lo que es: Podemos ver dos aspectos de eternidad. Una, impropia: eternidad con principio pero sin fin. Y eternidad sin principio ni fin que  es la definición propia.

Ya, tanto la ciencia como la filosofía, y más aún ésta, nos dejan, forzosamente, a las puertas de la religión, porque, aunque algunos la rechacen, es un hecho histórico que no podemos excluir. Todas las grandes religiones creen y aceptan la vida eterna, bien aplicada al alma o espíritu, o bien, también, al cuerpo en el caso de la resurrección para los cristianos; o en el paraíso musulmán, el budaísmo o judaísmo. Y, a pesar de que no entra en el método científico, esta creencia, como realidad histórica, es un dato que la misma ciencia no puede descartar, ya que, junto a creencias se han dado hechos físicos, incomprensibles para la ciencia pero que ha llegado a ser, incluso, materia de estudio científico, como la famosa Sábana Santa de Turín.

Dato curioso es el que aporta el célebre, como teólogo, no sólo como Papa, Joseph Ratzinger. La vida eterna, dice él, no puede suponer duración sin fin que implica tiempo. Es, más bien, una cualidad del ser, no cantidad ni duración. Es un modo de ser nuevo. Es una aportación original y acertada. Necesariamente, si es un hecho histórico admitido universalmente la creencia en la eternidad, lo es igualmente, y con más razón, la creencia en Dios al que se le aplica, en sentido propio, el concepto de eternidad. Dios como explicación del origen del mundo, lo anterior y autor del Big-Bang que, en un principio, en su obra “Breve historia del mundo”, Stephen Hawking dijo que no podíamos descartar y, luego, en su última obra “ El gran diseño”, lo descarta, contradiciéndose a sí mismo, además, de salirse del método científico, al referirse tanto a favor, antes, como en contra, luego, a Dios. Lo que confirma lo más arriba dicho: que la ciencia no puede descartar del todo el hecho religioso, ni al mismo Dios, como dato histórico digno, al menos, de tenerse en cuenta. Hay ramas de la ciencia, como la arqueología demostrando la coincidencia y localización exacta de los lugares que relata la Biblia; la medicina en los análisis de curaciones, por ejemplo, en Lourdes, que médicos, creyentes o no, diagnostican y declaran inexplicables para la ciencia; la antropología y ciencias afines, como el ya citado caso de la Sábana Santa de Turín, etc. que  han aportado datos científicos que garantizan, no el contenido espiritual y trascendente, pero sí la realidad histórica del hecho religioso que encierra ese contenido para los creyentes y es una posible ayuda a la fe de los dudosos e, incluso, para los que no la tienen.

Como es de suponer, esto nos lleva al problema de la existencia de Dios y a la realidad o verdad de la religión. Y, como la religión que más rápidamente se ha extendido y ha influido en el mundo, en especial en Occidente y gran parte de Asia y toda América es la Religión Católica, conviene fijarnos, y en primer lugar, en ella y en sus connotaciones.

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