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(Por Víctor CORCOBA HERRERO) EL VÍA CRUCIS SE TRANSFIGURA EN VÍA LUCIS: Será fructífero degustar y deliberar sobre uno mismo, frente a los desafíos que la existencia nos pone por delante cada día, a nivel personal y planetario. La Pascua no aparta la cruz, nos aporta el fundamento de la fe. Todo se vence por la pasión liberadora; y, su dicha nos convence, con el alba de la esperanza. La losa, símbolo de la muerte, ha sido removida y movida hacia el inspirado cántico luminoso, vivificándonos sin pena alguna.

I.- NO ESTÁ EN LA TUMBA;

¡ES EL VIVIENTE!

 

Desde entonces, el amor subyugó al odio,

y el odio dejó de esclavizar nuestro andar.

Con el célebre sol se vencieron los males,

y lo que mora es la aurora con su claridad;

pues quien es, Verdad y Vida, nos orienta.

 

Que sea la clemencia la que nos albergue,

la que nos guie los pasos y nos encamine,

la que nos pase su donaire y nos absuelva,

pues nuestra alma está con Cristo siempre,

sólo hay que ansiar seguirle y no apartarle.

 

Con Él, el perdón se impuso a la condena,

la venganza dejó de cohabitarnos los días.

Miremos a su cruz y dejémonos reanimar,

al ver la fosa vacía y a mi Señor gloriado,

que nos asiste desde el cielo y nos auxilia.

 

II.- EN SU RESURRECCIÓN;

¡SE ALEGRAN CIELOS Y TIERRA!

 

La fe de los cristianos se basa en el gozo,

en el júbilo del anuncio de sus discípulos,

que percibieron el sepulcro resplandecido;

porque el Crucificado ya había resurgido,

y con su luz borró la sombra de la muerte.

 

El esplendor de Dios nos resurge a diario,

su grandeza es tan auténtica como divina,

pues la vitalidad satisfecha de la creación,

así como el anhelo de toda fibra humana,

nos asciende al Padre a través de su Hijo.

 

Bañados por la irradiación del Resucitado,

todo se puede componer y nada se resiste;

por eso cantamos y caminamos frondosos,

con la mirada puesta en nuestro Salvador,

que se halla vivo caminando con nosotros.

 

III.-   MI SEÑOR TRIUNFANTE;

¡SU PAZ CON NOSOTROS!

 

Con Cristo regresa al mundo la concordia;

nos hace falta su espíritu para corregirnos,

para ablandar la dureza de nuestros pasos,

con la mística del adorar y el deseo de ser,

más pulso que pausa a la hora de dirigirse.

 

Las llagas en el cuerpo de Jesús revivido,

son el signo de la lucha que Él combatió;

amándonos hasta el extremo de ofrecerse,

para que lográsemos tener unión y unidad,

estar en paz y obrar en paz con los demás.

 

Dejémonos atraer por el acuerdo celestial,

tomemos el horizonte de la reconciliación;

al ser del limbo y a su firmamento volver,

convertidos en gozosos heraldos de savia,

como testigos de quien es nuestro Señor.

 

Víctor CORCOBA HERRERO