(Por La Novia Roja de la Prensa) – Opinar, ese deporte de riesgo con teclado: Leer, pensar, escribir (en ese orden)-

L@s articulistas no escribimos entre 500 y 800 palabras (hoy 423) para guardarlo en el ordenador y que se lo coman los virus, ni por capricho, para eso ya están las notas del móvil a las tres de la mañana y los grupos de WhatsApp que tienes que silenciar para conservar la fe en la humanidad. No, nosotros redactamos para los demás, para esa fauna lectora tan maravillosa y contradictoria que a veces lee, a veces discrepa, a veces se indigna, a veces aplaude y, muy a menudo y por desgracia comenta sin haber llegado al segundo párrafo. Internet en estado puro. Democracia cibernética. A mí, qué queréis que os diga, me fascina ese derecho; el vuestro y el mío.

Escribir artículos es un derecho muy arriesgado para algo tan humano como pensar, porque la opinión, a diferencia del dogma, tiene la valentía de poder ser discutida. También se le llama creencia, convicción, persuasión, sentimiento o “esto lo tengo clarísimo, aunque no pueda demostrarlo del todo” y sirve para que alguien exponga un tema, se moje sin flotador y defienda su postura con argumentos, cifras y frases que suenen contundentes, aunque se hayan escrito en pijama. Al final hay que cerrar con una conclusión y un mínimo de dignidad, porque si no, parece que se te ha acabado la batería del cerebro.

Los buenos articulistas no son como esos cafres tertulianos que gritan en programas telebasura con micro abierto y neurona cerrada, sino las que “hilan” datos, hechos y personajes hasta montar una explicación decente que haga pensar al lector y aunque es cierto que la objetividad absoluta no existe, (ni en periodismo, ni en la vida, ni en la declaración de la renta), incluir información en un artículo de opinión lo hace más valioso y serio. Aunque, ojo, sigue siendo opinión, incluso cuando se escriba desde el buen humor, el mal humor o ese estado mental llamado “este tema me ha tocado los ovarios/cojones”.

Por eso hoy escribo este texto: para recordar que en los medios escritos hay personas que escribimos no por ego (bueno, un poco), ni para llenar espacio, sino por el placer casi subversivo de dejar una idea rondando en la cabeza del lector… o, con suerte, una pequeña rozadura intelectual, de esas que no sangra, pero escuece y que no se quite ni cambiando de página.