Suena el aviso del cinturón de seguridad y, por la ventanilla, aparece el Mediterráneo. Azul quieto, sol de media tarde, la línea de costa dibujándose como una promesa. Dentro del avión, media docena de idiomas se mezclan con el ruido de los compartimentos que se abren: inglés con acento de Manchester, alemán pausado, holandés rápido, italiano gesticulante. En la terminal, las cintas de equipaje giran sin descanso. Maletas con pegatinas de aerolíneas low cost junto a trolleys de piel. Familias que buscan el cartel de su transfer, parejas que consultan el móvil para llegar al hotel, grupos de amigos que ya hablan de la primera cerveza junto al mar. Es la escena que se repite cada día —cada hora, en temporada alta— en el Aeropuerto de Málaga-Costa del Sol. Y es, probablemente, la imagen más fiel de lo que Málaga representa hoy para millones de europeos: un destino que ya no se siente lejano, sino a un vuelo de distancia.
La gran puerta del sur de Europa
Las cifras, cuando son lo bastante grandes, dejan de ser estadísticas y empiezan a contar una historia. En 2025, el Aeropuerto de Málaga-Costa del Sol cerró el mejor año de sus más de cien años de vida: 26,76 millones de pasajeros, un crecimiento del 7,4 % respecto al año anterior, y 186.990 vuelos operados. Cuarto aeropuerto de España por volumen de tráfico, solo por detrás de Madrid, Barcelona y Palma de Mallorca. Y si se descuenta el efecto isla de Mallorca, Málaga es, de hecho, la tercera puerta aérea del territorio peninsular.
Lo que revelan esos números es algo que cualquiera percibe al caminar por la T3: Málaga ya no es un destino de verano para el turismo europeo. Es un destino permanente. Los más de seis millones de pasajeros británicos que pasaron por el aeropuerto en 2025 lo confirman, pero también los dos millones de alemanes, el millón y medio de holandeses y cifras similares de italianos y franceses. A eso se suman mercados en fuerte expansión —Emiratos Árabes creció un 75 %, Islandia casi un 60 %—, lo que indica que la Costa del Sol ya no depende solo de los flujos europeos clásicos, sino que atrae miradas desde puntos cada vez más diversos del mapa.
Y el crecimiento no se detiene. En enero de 2026, el aeropuerto registró 1,4 millones de viajeros y más de 10.800 vuelos, confirmando que la inercia alcista sigue viva. De hecho, el gobierno ya ha anunciado una inversión de 1.500 millones de euros para la ampliación de la infraestructura en el periodo 2027-2031, el proyecto más ambicioso desde la inauguración de la T3 en 2010. La lectura es clara: lo que está pasando en Málaga no es un pico puntual, sino un cambio estructural.
El efecto dominó: cuando un aeropuerto mueve toda una provincia
Cada avión que aterriza en Málaga no trae solo pasajeros. Trae reservas de hotel, cenas en restaurantes, entradas a museos, alquileres de coche, compras en el centro, excursiones a pueblos blancos. El turismo que entra por el aeropuerto alimenta una cadena económica que se extiende mucho más allá de la pista. Hoteles en Torremolinos, chiringuitos en La Carihuela, bodegas en la Axarquía, tiendas de artesanía en Mijas, campos de golf en Benahavís. Todo eso se activa, en buena parte, porque existe un aeropuerto que conecta la provincia con más de cien destinos internacionales.
Málaga capital, además, ha vivido su propia transformación. Lo que hace dos décadas era un punto de paso hacia la Costa del Sol se ha convertido en un destino en sí mismo: el Museo Picasso, el Centre Pompidou, el Muelle Uno, la gastronomía del Soho y del centro histórico… El turista que aterriza hoy en Málaga no siempre se dirige automáticamente a Marbella o Fuengirola. Muchos se quedan en la capital, atraídos por una oferta cultural y gastronómica que ha crecido enormemente en la última década. Y eso, a su vez, genera riqueza, empleo y una vida urbana que beneficia también a los vecinos.
Turismo de doce meses: el fin del calendario de verano
Quizá el dato más revelador del último ejercicio no sea el volumen total de pasajeros, sino lo que ocurrió en diciembre. El aeropuerto registró casi 1,7 millones de viajeros en pleno invierno, un crecimiento del 6,8 % respecto al mismo mes del año anterior. Es la prueba de que Málaga ha dejado de ser un destino exclusivamente estival.
Las razones son varias y se retroalimentan. El clima, por supuesto: mientras buena parte de Europa lidia con temperaturas bajo cero, la Costa del Sol ofrece jornadas de 16 o 17 grados con sol. Pero hay más. El auge del teletrabajo ha generado un perfil de visitante que se instala semanas o meses con su portátil, buscando calidad de vida sin renunciar a la productividad. Las escapadas de fin de semana y puentes se han normalizado gracias a la abundancia de vuelos directos y precios competitivos. Y la oferta de ocio ha aprendido a funcionar fuera del verano: rutas de senderismo en otoño, gastronomía de temporada, festivales culturales, campos de golf que no cierran nunca.
Todo eso configura un modelo turístico más sostenible, menos dependiente de los picos de julio y agosto, y más interesante tanto para los visitantes como para la economía local, que deja de jugar a todo o nada con la temporada alta.
El segundo viaje: del avión al destino, sin fricciones
Hay un momento que todo viajero conoce: el instante en que cruzas la puerta de llegadas con la maleta en la mano y piensas «¿y ahora cómo llego?». Es un detalle que puede parecer menor, pero condiciona por completo la primera impresión. Después de un vuelo, lo último que apetece es improvisar, hacer cola en una parada de taxi sin saber la tarifa o descifrar un sistema de transporte desconocido.
Es ahí donde la experiencia del viajero se juega en buena medida. Y cada vez más turistas —especialmente familias con niños, grupos que viajan juntos o viajeros que buscan un estándar premium— optan por tener el traslado resuelto antes de aterrizar. Reservar un vehículo que espere en la terminal, con conductor, con el recorrido planificado y sin sorpresas de precio. Del aeropuerto al hotel en Marbella, a un alojamiento en la Axarquía, a un resort en Estepona o a un apartamento en el centro de Málaga: el trayecto forma parte de la experiencia del viaje, y hacerlo bien marca la diferencia.
Servicios de luxury transfer malaga se han consolidado como una de las opciones que eligen quienes priorizan comodidad y puntualidad desde el primer minuto. La idea es sencilla: que el viaje comience con buen pie, sin estrés y con la tranquilidad de saber que alguien se ocupa de la logística del traslado.
Málaga, el aeropuerto que mira a Europa de tú a tú
Lo que está ocurriendo en el Aeropuerto de Málaga-Costa del Sol no es solo crecimiento. Es un cambio de escala. Una infraestructura que conecta la provincia con el mundo, que sostiene una industria turística cada vez más diversificada y que ha convertido a Málaga en uno de los destinos más accesibles, apetecibles y fáciles de recorrer de todo el sur de Europa.
Europa mira al sur porque puede hacerlo con facilidad. Porque hay vuelos directos desde decenas de ciudades, porque el clima invita los doce meses del año, porque la oferta cultural y gastronómica ha madurado, y porque moverse por la provincia una vez se aterriza es cada vez más cómodo. Málaga ya no es un destino que se descubre por casualidad. Es un destino que se elige, que se repite y que, para millones de viajeros, se ha convertido en el sur al que siempre quieren volver.


























