Antonio Serrano Santos: Se trata de  uno de los más grandes oradores, periodistas y escritores de nuestro tiempo.
Copio, directamente, de los testigos presenciales:
“El domingo 5 de febrero de 1939, ya a finales de la guerra, Don Manuel Azaña, Presidente de la República durante el trágico período del Frente Popular, sale de España con su mujer, doña Dolores Rivas, y entra en tierra francesa. Cuando las tropas alemanas ocupan la zona de Burdeos, en junio de 1,940, se traslada a Montauban, adonde llega enfermo de corazón. “Un buen día apareció- dice su viuda- una monja de Montaubon, con la pretensión de que le recibiera. Era hermana de la Caridad, se llamaba Soeur Ignace y venía a pedir una recomendación ante el embajador de Méjico, en ayuda de unas familias judías que querían salir de Francia. La monja siguió yendo al hotel donde se alojaba a interesarse por Azaña y por la familia..
Azaña es trasladado de habitación y repetía, con su insistencia de enfermo, el deseo de conocer al nuevo obispo de Montaubon, relata su viuda. En la noche del 3 de noviembre, Azaña entraba en su agonía. Su misma mujer mandó llamar a la monja y al obispo, al que despertaron. Narra este obispo, monseñor Pierre Marie Thèas: “
“Posesionado de la catedral de Montaubon el 17 de octubre, fui, al día siguiente, llamado por el Presidente Azaña, enfermo. El primer encuentro fue muy cordial.”Vuelva a verme todos los días”, me dice el Presidente. En efecto, todos los días por la tarde iba a conversar un rato. Hablábamos de la revolución, de los asesinatos, de los incendios de iglesias y conventos. El me hablaba de la impotencia de un gobernante para contener a las multitudes desenfrenadas.”
Continúa el prelado francés: “Deseando conocer los sentimientos íntimos del enfermo, le presenté un día el Crucifijo. Sus grandes ojos abiertos, enseguida humedecidos por las lágrimas, se fijaron largo rato en Cristo crucificado. Seguidamente lo cogió de mis manos, lo acercó a sus labios, besándolo amorosamente por tres veces y exclamando cada vez: ¡Jesús, piedad y misericordia! Este hombre tenía fe. Su primera educación cristiana no había sido inútil. Después de errores, olvidos y persecuciones, la fe de su infancia y juventud informaba de nuevo la conducta de los últimos días de su vida”. “A esta pregunta- continúa el obispo Théas- :¿Desea usted el perdón de sus pecados? Respondió: Sí. Y recibió con plena lucidez el sacramento de la Penitencia que yo mismo le administré”.
“En la noche del 3 de noviembre, a las 23 horas, confirma el obispo, la señora de Azaña me mandó llamar. Acudí inmediatamente, y en presencia de sus antiguos colaboradores y de su esposa, administré la Extremaunción y la Indulgencia plenaria al moribundo en plena lucidez. Después, sujetas sus manos entre las mías, mientras yo le sugería algunas piadosas invocaciones, el Presidente expiró dulcemente en el amor de Dios y en la esperanza de su visión”.
La fe de su infancia y juventud, como dedujo, lógicamente el obispo, dejaría una impronta en su alma infantil.Y en esa edad  la inocencia,que intuye la verdad aunque después las vicisitudes de la vida la combaten, esconden un rescoldo bajo las cenizas frías de la indiferencia, el ateísmo o agnosticismo, que al soplo de un dolor, la muerte, un buen ejemplo, o el amor, reviven con una fuerza increíble en muchas almas que se daban por perdidas. Sólo Dios conoce el corazón de los hombres y éstos suelen ser menos comprensivos, justos y misericordiosos que El.
“La Santa Sede y los obispos españoles reconocieron a la Segunda República Española desde el principio y se mostraron dispuestos a colaborar con ella”. Así deshace uno de los principales prejuicios de aquellos años el historiador don Vicente Cárcel Ortí, que acaba de presentar en Roma los tres primeros volúmenes de su investigación en el Archivo Secreto(que ya no lo es)Vaticano sobre la España de 1,931 a 1,936, centrados en el período republicano.
La República, la Monarquía Constitucional( no la absoluta) y la Democracia son tres formas legales de gobierno aceptadas y votadas por el pueblo que, siendo soberano, delega esa soberanía en las tres formas de gobernar. En la República con todos sus ideales de igualdad, justicia y unidad nacional. En la Monarquía Constitucional depositando en el rey, que “reina, pero no gobierna”, la representación diplomática y legal de la Nación, la defensa de su integridad territorial y ser el moderador entre todos los partidos y españoles. Tanto es así, que, en el período de gobierno socialista, la filósofa malagueña, veleña, María Zambrano, dijo al rey: “ Nunca creí que llegaría a ver un rey republicano”. Porque en las elecciones de 1,931, las votaciones dieron el triunfo a los republicanos, dando lugar a exiliarse al rey. Un familiar mío, ya cerca de los 90 años, republicano que pasó tiempo en la cárcel franquista, me confesó que en realidad ganó la derecha, pero que hubo “pucherazo” a favor de la República. Hombre de gran bondad, enemigo de la violencia y las muertes, le perseguía una pesadilla. Estuvo al mando de un convoy de militares y, en un momento dado, ya en un túnel, tuvo que dar marcha atrás provocando una masacre entre los que venían detrás. Lo del “pucherazo”, no puedo afirmarlo ni negarlo, pero no me extrañaría porque también otro familiar mío, más cercano a mí que el otro, también me dijo que en las elecciones de la dictadura, él tenía que levantar, oficialmente, acta de los votos, y el “pucherazo”era más frecuente y descarado que en la República. En la Democracia, con la libertad de expresión, libertad religiosa y de conciencia, el reconocimiento de los partidos políticos y las autonomías  es una conquista pero todavía muy incompleta.
En esas tres formas de gobierno, se dan, porque no son absolutamente perfectas, como todo lo humano, elementos positivos y, también, negativos. Volver a la República, hoy, parece un sueño romántico, aunque legítimo, de muchos. Tuvo sus aciertos y sus errores. Los documentos del historiador prueban que el Gobierno de la República fue responsable de los disturbios y quemas de iglesias y conventos. El presidente Alcalá Zamora, en sus Memorias, hace responsable de todo al ministro Azaña, porque no quiso que interviniera la fuerza pública ante los disturbios, y tampoco quiso que se buscara a los responsables ni que se reparara el daño cometido. Y hay que subrayar que estos episodios sucedieron durante la República, “desde el año 1,931, mucho antes de la sublevación militar de 1,936”. Esta fue una página muy negra de la historia de España. El mismo Ortega y Gasset escribió:” ¡ No es esto, no es esto!. La República es una cosa; el radicalismo, otra. Si no, al tiempo”, como anunciando lo que podría venir si se seguía por ese camino. Y así fue. En la dictadura franquista, también hubo responsables, y el mismo Franco, responsable, de disturbios y desmanes, que no podía ignorar y sí evitar, como Azaña. Una forma ilegal de gobierno injustificable pero que podría explicarse por la necesidad imperiosa de poner orden en el caos en que desbocó la Segunda República. En la historia del Imperio Romano, en el período de la República, cuando en caso de desórdenes y caos, elegían un dictador temporal para poner orden. Lo malo que en España no fue un dictador “temporal” y Franco no fue la verdadera solución. Se dieron tantos desmanes y disturbios como en la República; dándose el caso de que en el bando republicano fueron ajusticiados, eliminados, asesinados, por motivos ideológicos, unos, y otros, sacerdotes, obispos y cristianos seglares, sólo por ser creyentes.  Y en el del franquismo no fueron tenidos en cuenta, en los juicios y ajusticiamientos, los  motivos religiosos. Pues también había creyentes republicanos.
En la Monarquía Constitucional, también se dan aciertos y errores. Eliminada, por fin, la monarquía absoluta, en esta forma de gobierno, en la actualidad española, quizás por sus características personales, se ha dado el hecho histórico de un golpe de Estado que, en vez de aprovecharlo para instaurar la monarquía tradicional, volviendo a  una nueva forma de dictadura militar,  lo detuvo el rey, sin la más mínima indecisión, haciendo uso de su derecho real y de Jefe de los tres estados militares, enérgicamente, evitando, quizás, una segunda guerra civil, que todos temíamos. Sólo por esto, este rey merecería, aparte de sus otras actuaciones como moderador diplomático y defensor de la unidad e integridad territorial, por encargo de los españoles, sólo por esto, merecería seguir ocupando su puesto. Los errores son, más bien, de tipo personal  y de su entorno, nada derivado de un incumplimiento de sus deberes en el plano regio.
En la Democracia, en esta democracia aún joven y débil, en la que, por fin, gozamos de libertad en todos los órdenes, como aciertos, también padecemos una serie de errores que lastramos y heredamos de todos los gobiernos anteriores, desde la Constitución de 1,978. El peor es la corrupción que se ha extendido a todos los niveles y clases sociales. La justicia, en general, es lenta y, con frecuencia contradictoria. La política ha mediatizado la justicia. Los jueces, contra su derecho a la independencia, son elegidos por los partidos políticos y se manifiestan partidarios de uno u otro. Creo, sinceramente, que la actual democracia parece que está acercándose al caos al que desembocó la Segunda República. Hay un odio subterráneo, un revivir y abrir heridas pasadas, una enorme falta de capacidad para perdonar y olvidar, de mirar sólo al futuro, aceptando definitivamente ese espíritu de la Transición; una falta de respeto a la libertad de creencias, de conciencia, de expresión; un espíritu antipatriótico, olvidando la historia común de España, falseando su historia con nacionalismos excluyentes por una ambición de poder, en el que a la violencia, que también se usó y se usa, es sustituida por una especie de terrorismo político ante la debilidad e indecisión cobarde de la justicia, la autoridad y el conformismo general de la sociedad.
Necesitamos una voluntad férrea, una unidad de criterio en lo fundamental, un verdadero respeto a los derechos, todos, a la libertad de verdad, un olvidar agravios, un saber perdonar. Si no queremos una nueva guerra civil que puede tomar un cariz, si no de auténtica guerra fraternal, sí muy parecida. Yo viví, a mis cinco años, bajo los bombardeos, la huida de noche al refugio del corralón de la Alameda de Capuchinos, donde nací, y a las cuevas del Ejido. He vivido los fusilamientos por los republicanos; y los fusilamientos de los franquistas en las tapias del cementerio de San Miguel. La juventud de ambos bandos, herederos del odio y de las ideologías de los que se enfrentaron, no saben a lo que se exponen. Vemos los insultos y las agresiones actuales. Internet, en los distintos medios o redes de comunicación, está lleno de ellos. No es la razón, ni la exposición de ideas y sanas críticas, es el insulto, la ofensa, la burla despiadada, la agresividad escondida en ellos y la incitación a  ella que llega a realizarse luego en la calle. Así se empezó.  Siempre quedará como máximo valor para creyentes y no creyentes ( y no me digan que no es una gran verdad humana y universal y necesidad) lo que rezan muchos republicanos y no republicanos: “Padre nuestro…(no sólo mío); venga a nosotros tu reino( reino de verdad, de amor y de paz; de justicia); …perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Porque Dios no perdonará si cada uno de nosotros no perdona de corazón a su hermano.
¿Es que los españoles no somos hermanos de sangre, de historia, de futuro, de ilusiones? ¿O queremos, otra vez, matarnos, odiarnos: sin distinguir ni padres,  ni hermanos, hijos, abuelos…?
Por psicología sabemos que la memoria tiende a olvidar las experiencias malas y a recordar y mantener las buenas. Pero estamos pervirtiendo esa memoria con la ley de la “Memoria Histórica” queriendo recordar y mantener, sobre todo, parcialmente, el odio y el enfrentamiento fratricida entre los nuevos españoles.