ebola-549471_640(Antonio Serrano Santos) El brote de Ébola comenzó en Guinea Conakri, a principios de octubre. El ébola es una emergencia humanitaria con enormes consecuencias sociales, económicas y políticas. Conocemos ya la situación. Fronteras cerradas y sensación de aislamiento…Esta es la realidad que nos cuenta y vive el salesiano Jorge Crisafulli, en el África Occidental, sobre todo, en Liberia y Sierra Leona.

Hace ya años que recibo la revista “Misiones Salesianas”. Por ella me enteré de la gravísima enfermedad del Ébola. Parece que esta enfermedad no era muy conocida en los “países civilizados”, en especial Europa y América del Norte. Y resulta que ya allá por los años setenta, los misioneros salesianos, hablo de ellos, al menos, por lo que sé, ya la conocían, trataban a los enfermos y convivían con ellos. La dieron a conocer en su revista, avisando de su gravedad, de su peligroso contagio y pidiendo ayuda. Decía uno de los misioneros, no recuerdo su nombre: “Vino a mí, corriendo con su sonrisa y  muy alegre, un niño, yo sabía que convivía con sus padres enfermos de ébola, ¿iba yo a negarle mi abrazo?

Hay otras muchas enfermedades, graves y contagiosas, muchas, también, sobre todo en el llamado Tercer Mundo, de uno a otro extremo del planeta. Hay quienes dicen que no son sólo los misioneros católicos los que ayudan, que hay más personas. Cierto. Pero, si miramos las estadísticas, los informes oficiales de cada país, demuestran, rotundamente, que son los misioneros, religiosos/as y laicos católicos los que son mayoría comparados con los demás. Y en algunos países, son los únicos que ayudan, se quedan, viven y mueren, a veces, contagiados o asesinados junto a sus cristianos también de muchas maneras asesinados.

En el mundo “ civilizado”, en Oriente y Occidente, también son miles los religiosos/as y laicos católicos que entregan su vida, sólo por amor a Dios y al prójimo, sin nada cambio, en hospitales, orfanatos, leproserías, colegios, enfermos a domicilio, madres solteras, desahuciados, acogida a prostitutas; religiosos/as que son médicos, enfermeros/as, como el Padre Miguel, traído a España. La misma Caritas Internacional se ocupa de estas necesidades con cinco millones de necesitados, de los que dos millones y medio son de España. Podría enumerar una lista casi interminable, pero basta con un botón de muestra: la Madre Teresa de Calcuta y sus Misioneras de la Caridad, viviendo con los más pobres de entre los pobres, y como ellos: Una señora, cargada de alhajas, le dijo, viendo a la Madre atender, acariciando y ayudando a morir a un hindú, leproso, puro esqueleto y con las carnes putrefactas, “Yo no haría eso ni por todo el oro del mundo”. Ella le contestó, sonriendo: “Yo, tampoco.” Mientras el pobre enfermo miraba a la Madre con una gran sonrisa, agonizando.

Hay, también, cierta clase de ébola “espiritual” que enferma, contagia y mata más que el otro ébola, el espíritu del hombre, su conciencia, su alma. Y también les atienden los sacerdotes, religiosos/as y laicos católicos: el PECADO, en sus múltiples manifestaciones: violencia, corrupción, estafa, guerras, ambición de dinero y poder, injusticias…

Pero, hoy, vemos el mayor de los pecados, la mayor de las maldades: La PEDERASTIA, la PEDOFILIA. Que, increíblemente, se da en todos los estamentos sociales. Por desgracia, también ha salpicado a la Iglesia Católica. Pero no hay ni una sola religión que tenga una enseñanza y una práctica más sublime que la Religión Católica con su amor a Dios y a los hombres como si fueran el mismo Dios/Jesús. “Lo que hagáis a uno de estos pequeños, a Mí me lo hacéis”. Y “el que escandalice a uno de estos pequeños, más le valiera que le atasen  al cuello una rueda de molino y lo arrojaran al fondo del mar””. ¡Ay del mundo por los escándalos! Mirad que sus ángeles están en la presencia de Dios”.

Pero si estos pederastas, descubiertos, condenados por la Iglesia y por la justicia han escandalizado a niños, muchos, cientos de miles de niños, son atendidos, recogidos, salvados, amados, niños acusados de  brujos culpados del ébola en su familia, su pueblo, niños “ soldados” entrenados para matar, acogidos y reeducados por los misioneros, /as y laicos; niños con ébola que, muchos mueren en sus brazos, niños huérfanos abandonados en los campos de refugiados, mutilados, secuestrados y rescatados a precio por los misioneros, comprados, vendidos por sus mismos padres, niños/as violados, prostituidos, a veces, por los soldados; niños de la India, de América del Sur, de Asia, como los niños de la isla-leprosería de Culión(Filipinas) atendidos por los jesuitas.

Ya el papa Francisco dijo, personalmente, al joven de Granada denunciante. “Serénate, hijo; perdona, pero denuncia” Y los religiosos pederastas han sido separados de su ministerio, sacerdotes y obispos, algunos de éstos por su pasividad y silencio. Las víctimas indemnizadas, cosa que no parece ocurra en otros casos de pederastas ajenos a la Iglesia. Estos casos llaman más la atención, pero la pederastia, por desgracia, se da en muchos otros ambientes: padres con sus hijos/as, en otras religiones, como el Islam que, muchos casos son hasta con forma legal, como obligar a casarse a una menor con su violador. Comparado con los casos, a nivel mundial, de pederastas, sin quitarle su gravísima maldad, no deberíamos culpar a toda la Iglesia con sus ejemplares sacerdotes, misioneros y laicos, por los “perversos” que han traicionado la fe, escandalizado y avergonzado, como dice el papa Francisco, a toda la Iglesia, causando un enorme dolor. Y él dice, también, con toda humildad, para que no nos escandalicemos tanto: “Cristianos pecadores, sacerdotes pecadores, religiosos pecadores, monjas pecadoras, obispos pecadores, papas pecadores. Pero estamos llamados a la santidad”.

Y nunca ha habido en la Historia tantas santas y santos religiosos, laicos y mártires de todas las razas y lugares del mundo,  como en estos últimos años. Por lo que los cristianos bien informados y formados, seguiremos creyendo, amando y defendiendo, con nuestro ejemplo y palabra, la Religión Católica, la Iglesia, sin avergonzarnos ni temor a los que, dentro y fuera de ella, la atacan como no lo hacen con los demás  casos de pederastas, porque para ellos, lo que para nosotros es un gravísimo pecado y una gran pena, que queremos evitar, para ellos no es más que un motivo más que les conviene y alegra para poder acosarla y desprestigiarla.