(Por La Novia Roja de la Prensa) Os lo cuento así en frío primero para que lo intentéis asimilar y luego lo comentamos más abajo. Resulta que durante siglos la Iglesia católica celebró con toda la solemnidad del mundo una cosa muy mística, muy divina y muy poco comentada en catequesis: el prepucio de Jesús. No el concepto, no el símbolo. El trozo. El pellejo. Eso sí, rebautizado con eufemismos, que para algo la Iglesia es experta en llamar a las cosas de otra manera cuando incomodan.
Cada 1 de enero, mientras medio mundo estaba con resaca, la Iglesia celebraba oficialmente que a Jesús le habían cortado un cachito de carne cuando era bebé. Tradición entrañable donde las haya. Luego, tras 33 años sin noticias del susodicho trocito de piel -porque Jesús vivió tan tranquilo sin él-, el prepucio reaparece mágicamente después de la muerte de Cristo y empieza una gira europea digna de los Rolling Stones.
El Santo Prepucio pasa por manos de vírgenes, santos, papas, reyes, emperadores y algún ángel con complejo de mensajero de Amazon. Santa Catalina de Siena dijo que, en sueños, el Señor se lo puso en el dedo, como si fuera un anillo de boda, y Agnes Blannbekin decía que sintió tenerlo en su lengua en alguno de sus trances (sí, todos pensamos lo mismo, creo… 😅). Místic@s que hoy llamaríamos “necesidad urgente de terapia”.
El problema llega cuando el santo pellejo empieza a multiplicarse. Aparece en tantas catedrales que las matemáticas dejan de cuadrar y la biología directamente se da de baja. O bien hubo clonación divina, o el prepucio medía lo mismo que una bufanda de invierno.
Aun así, se procesiona, se besa, se reza y se le atribuyen poderes curativos, porque si algo funciona en la Iglesia es besar cosas raras esperando milagros. Hasta que, claro, alguien en el Vaticano se mira al espejo y piensa: “igual pasear genitales por Europa no nos está ayudando con la imagen”.
Se le cambia el nombre a la fiesta, luego se elimina del calendario y, finalmente, el Santo Prepucio desaparece misteriosamente de la habitación de un cura, alguien lo robó de su habitación donde lo custodiaba (cura, habitación y prepucio, vaya combinación…)
Hoy, el Vaticano responde a este tema con un elegante “eso no nos consta”.
Y así, lo que fue la reliquia más sagrada del cristianismo pasó a ser un incómodo recuerdo que nadie quiere mencionar en la mesa.
Y esta es la breve historia que la Iglesia preferiría que no compartieras.















