caza de ballenas siglo xxi_07_19_2026(Por Chico López) Hay prácticas que la humanidad termina abandonando no porque desaparezcan las leyes que las permiten, sino porque la sociedad comprende que han dejado de tener justificación.

La caza comercial de ballenas debería formar parte de ese grupo.

Durante siglos, los cetáceos fueron considerados un recurso. Su grasa iluminó ciudades antes de la llegada de la electricidad, sus barbas se utilizaron en la fabricación de multitud de objetos y su carne formó parte de la alimentación en comunidades donde apenas existían alternativas. Aquella realidad pertenecía a otro tiempo.

Hoy el contexto es completamente diferente.

La ciencia ha transformado nuestro conocimiento sobre estos gigantes del océano. Ya no hablamos únicamente de los animales más grandes del planeta. Hablamos de especies con complejos sistemas sociales, una notable capacidad de aprendizaje y comunicación, una extraordinaria memoria y comportamientos que continúan sorprendiendo a los investigadores.

Las ballenas desempeñan además un papel esencial en el equilibrio de los océanos. Diversos estudios científicos han demostrado que contribuyen al transporte de nutrientes entre distintas capas marinas mediante el conocido como «whale pump», favoreciendo el crecimiento del fitoplancton, responsable de producir una parte muy importante del oxígeno que respiramos y de capturar grandes cantidades de dióxido de carbono. Cada gran cetáceo representa, en cierto modo, un aliado natural frente al cambio climático.

Su importancia no termina ahí.

Cuando una ballena muere de forma natural y su cuerpo desciende hasta el fondo marino, da origen a los llamados «whale falls», auténticos ecosistemas que pueden alimentar durante décadas a cientos de especies de peces, moluscos, crustáceos y microorganismos en las profundidades oceánicas.

Paradójicamente, el valor de una ballena viva supera con creces al de una ballena cazada.

El turismo de observación de cetáceos mueve cada año cientos de millones de euros en numerosos países y genera miles de puestos de trabajo sostenibles. En lugares como Islandia, la propia actividad turística relacionada con el avistamiento de ballenas ya aporta más beneficios económicos que la industria ballenera tradicional.

Quienes defienden la continuidad de estas capturas suelen recurrir al argumento de la tradición.

Sin embargo, la historia demuestra que las sociedades evolucionan precisamente cuando son capaces de revisar aquellas costumbres que dejan de ser compatibles con el conocimiento y los valores de cada época.

No todas las tradiciones merecen perpetuarse.

Muchas fueron abandonadas porque entendimos que existían alternativas mejores.

La caza comercial de ballenas parece pertenecer hoy a ese mismo debate.

No se trata de atacar a un país concreto. Islandia, Noruega o Japón mantienen posiciones diferentes respecto a esta actividad por razones históricas, culturales o económicas. Pero también es cierto que la inmensa mayoría de la comunidad internacional considera que la protección de los grandes cetáceos constituye un patrimonio común que trasciende las fronteras nacionales.

Y es aquí donde aparece mi parte más personal.

No me considero un animalista radical.

Entiendo que existen actividades ganaderas, pesqueras o cinegéticas reguladas que forman parte de nuestra sociedad.

Pero me resulta imposible comprender que, con todo el conocimiento científico acumulado durante las últimas décadas, todavía se siga justificando la muerte de especies protegidas cuya importancia ecológica es incuestionable.

No hablo únicamente de sensibilidad hacia los animales.

Hablo de inteligencia colectiva.

Hablo de conservar aquello que mantiene el equilibrio de los océanos.

Hablo de proteger especies que tardan años en alcanzar la madurez sexual, tienen muy pocas crías a lo largo de su vida y continúan recuperándose de siglos de explotación intensiva.

Quizá dentro de cien años nuestros descendientes miren atrás con la misma incredulidad con la que hoy nosotros observamos otras prácticas del pasado.

Ojalá entonces la caza comercial de ballenas solo aparezca en los libros de Historia.

Porque el verdadero progreso no consiste únicamente en desarrollar nuevas tecnologías.

También consiste en aprender cuándo ha llegado el momento de dejar atrás aquello que ya no tiene justificación.