(Francisco Javier Zambrana Durán – La Columna de Fran)

Dicen que es de noche, pero es de día. Es de día en los corazones de todos los que aquí presentes presenciamos el presente. Es de día en el mundo de las ilusiones de los ilusorios que se ilusionan frente la luz de la vida. Es de día para muchos. Creo que para todos.

            Desde hace tiempo, la iluminación se ciñe sobre la calle principal. Los viandantes admiran el bienestar que transmite una época festiva distinta de lo rutinario. No hay hora de cierre, no hay hora de apertura. Los negocios brillan sobre la luz que da vida a todo aquello que roza con sus rayos, que prolonga con sus sombras.

            Sobre la estampa, María, con chaqueta roja, mira el suelo. Ha vuelto, otro viernes. A su lado, se vislumbra la persona que más simboliza para ella, su madre. Desde hace dos meses, no ha podido tener ni siquiera media hora para centrarse en ella, pero hoy, hoy es diferente. Los guantes se ajustan sobre sus manos, y el gorro de lana de color azul oscuro se adhiere a su cabello, rubio, repleto de brillo.

            Tras ellas, se encuentran dos hermanas: Rocío y Julia. Tienen cinco y seis años. Sus chaquetas no son rojas, sino verdes. Ambas suelen vestirse de la misma forma; su madre así lo quiere. Ellas disfrutan cada año de esta escena, de este perfecto cuento de hadas que todavía sigue siendo vivir la Navidad desde abajo, sin contemplar los desperfectos que deja sobre los menos afortunados. Los sueños se cumplen, el calor de la familia se siente. Una, agarrada a papá, y otra, a mamá, sienten que queda menos, que podrán disfrutar de lo que bajo el árbol se distinga dentro de unas noches.

            Eso mismo cree David. Residir en uno de los balcones de esta zona ha sido un regalo magnífico que ha perdurado durante décadas. Así lo luce siempre que recuerda aquellos primeros eventos como este, hace escasos años. Así lo luce siempre que el día se postra como hoy. Nunca anochece en su casa, y no es que le importe en exceso. A sus setenta y cinco, lo único que le complace es ver sonreír a sus nietos y a sus dos hijos. Ellos están presentes hoy, como no podía ser de otra forma. Han disfrutado de los churros, del chocolate que prepara la abuela, pero, ante todo, han disfrutado de la compañía de sus seres queridos. Ahora, todos están el uno junto al otro, observando en el balcón en el que tantas historias se han forjado.

            Por ello, cuando comienzan a mirar hacia arriba, ninguno se sorprende, y, a la vez, lo hacen todos. Seguir viviendo el día durante la noche es algo que particularmente en Málaga se siente de forma especial. Poco importa la edad, las costumbres de cada casa, las vivencias que han tenido lugar en los últimos días, ya que lo único que parece tener relevancia en esos instantes es el disfrutar de un momento mágico, de un instante distinto.

            Cuando Calle Larios decide vestirse durante un mes para que todos contemplen su belleza, solo existe hueco para la admiración. Obvio, también para fotografías con móviles, para vídeos dedicados a redes sociales, para besos de reconciliación, abrazos de amor y miradas de ternura.

Sin embargo, lo que realmente define ese momento no son imágenes ni grabaciones, ni siquiera muestras de cariño, sino aquellos a los que a nuestro lado tengamos, los que nos identifiquen y nos definan como persona. Los que nos hagan pensar que sigue siendo de día pese a que ya haya caído la oscura noche en la costa.


Un relato de Francisco Zambrana – Creador de La Columna de Fran.

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