“El planeta no puede renunciar al sueño liberador, porque sus moradores han de irradiar en el tránsito por la tierra, la emoción del verso, la luz de la paz y la mística de una mente libre, con identidad propia; sabiendo que la libertad sin acatamiento es desorden, y la subordinación sin autonomía es tormento”.
(Víctor CORCOBA HERRERO) El alarmante aumento de las cadenas de la esclavitud moderna, continúan atándonos las manos, hasta el punto de dejarnos en un estado deplorable, lo que representa una serie de amenazas deshumanizantes, que impiden ser uno mismo, lo que demanda una cuestión de justicia internacional impostergable. Sólo hay que ver las últimas estimaciones de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), en la que se hace referencia al trabajo forzoso y al matrimonio forzado. Por cierto, las mujeres y los niños continúan siendo desproporcionadamente los más vulnerables. En efecto, a poco que observemos a nuestro alrededor, veremos que cada día son más los ciudadanos que no pueden escapar de la opresión, debido a amenazas, violencia, coerción, engaño o abuso de poder.
Nos hemos globalizado, pero este sometimiento salvaje se da en casi todos los países del mundo y traspasa todas las líneas étnicas, culturales y religiosas. Por cierto, más de la mitad (el 52%) de todos los trabajos forzados y una cuarta parte de todos los matrimonios forzados se hallan en países de renta media-alta o alta. Por otra parte, la vejatoria tendencia a juzgar la prostitución como un negocio o una industria, no sólo contribuye a la trata de seres humanos, sino que, es la prueba evidente de reducir la sexualidad humana a un mero producto de consumo. Mucha gente no puede ni emanciparse, entiende la vida como una relación entre dueño y cautivo. Ha llegado, pues, el momento de activar mecanismos globales para prevenir este tipo de inhumanas dominaciones.
Por esta razón, considero vital trabajar por aminorar este estado sanguinario, que alimenta el mercado de la tiranía naciente, incluso con más fuerza que antes, y tolera el costo humano que deriva de él. De igual modo, en los países menos desarrollados, de los que procede la mayoría de las víctimas, debiera hacernos repensar esta feroz situación, activando mecanismos más eficaces que nos saquen de este horror, que suelen ser reproducidos por redes delictivas que se aprovechan de las personas que no pueden afrontar la indigencia extrema, pues se hallan discriminadas y totalmente degradadas. Uno tiene que hacerse valer y los gobiernos, las empresas, o la misma sociedad civil, deben adherirse para poner fin a esta crisis de una vez por todas.
Precisamente, el próximo año se cumple el centenario de la Convención sobre la Esclavitud, en que la comunidad internacional, desde este espíritu universal, se implicó sólidamente a poner fin al vasallaje en todas sus formas. Un mundo sustentado y sostenido sobre la libertad, la dignidad y la justicia para todos no sólo tiene que ser posible, sino que además es nuestra responsabilidad compartida. La razón y no la dominación del poder deben decidir la suerte de los pueblos. El acuerdo, las negociaciones, el arbitraje y no el ultraje, ni la sangre o la injusticia, deben mediar en las relaciones difíciles entre semejantes. Es necesario amar la concordia, producir y reproducir aires armónicos que nos dignifiquen, que únicamente brotan de los espíritus libres y generosos.
El planeta no puede renunciar al sueño liberador, porque sus moradores han de irradiar en el tránsito por la tierra, la emoción del verso, la luz de la paz y la mística de una mente libre, con identidad propia; sabiendo que la libertad sin acatamiento es desorden, y la subordinación sin autonomía es tormento. Quizás hoy se comprenda mejor que la mera acumulación de bienes y servicios no basta para proporcionar la felicidad humana. Y aún menos, la disponibilidad de múltiples beneficios reales aportados en los tiempos recientes por la ciencia y la técnica, incluida la informática, traen consigo la liberación de cualquier forma de esclavitud. Al contrario, si toda esta considerable masa de recursos y potencialidades puestas a disposición, no es regida por un objetivo moral, se vuelve contra nosotros.
Víctor CORCOBA HERRERO/ Escritor





















