(Francisco Javier Zambrana Durán – Alhaurín de la Torre)

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No suelo ser demasiado curioso, mucho menos cuando tengo bastante claro que con lo que puedo toparme es algo que no me complacería para nada. Encontrar tantas coincidencias había alterado mi conciencia. Menos mal que no tenía que estar trabajando por aquel entonces, porque de haber ocurrido esto, creo que habría dejado de lado esta aventura de investigación.

            Aquel número, el 23, me había jugado una mala pasada. Todo coincidía con él, pero no conseguía encontrar la verdadera relación de su significado. Podría ser que ella tuviera 23 años, que esperase hasta el mes 23, o hasta el día 23, o a las 23:00, o 23:23. El caso es que quería decirme algo, y eso ya lo había averiguado. El problema era conocer el porqué de querer decirme ese algo de la forma que lo hacía. ¿No era más sencillo enviarme una carta diciéndomelo sin contemplaciones ni miramientos? Con lo fácil que es tocar a la puerta y comentarme aquello que uno necesita.

            La respuesta, y de eso estaba seguro, estaba en las cartas. Esas malditas cartas tenían que esconder algo más. Después de una investigación de varios días y haber consultado todo tipo de fuentes, no me quedaba más remedio que volver a abrirlas y conseguir encontrar el significado. No había ningún tipo de variación en la última que me había dejado. De nuevo, me recordaba que era un chico encantador, y que me había vuelto a ver en la zona cercana al supermercado de la calle de al lado.

            Debería haber empezado por lo más sencillo, y no lo hice.

            Fui tan sumamente estúpido que no conseguí percatarme de algo tan fácil como a la vez complicado. Si la chica acudía en bicicleta, podría ser que viviera lejos, pero si cada semana me veía pasar por los mismos lugares, a horas reales en las que yo pasaba por ellos, quizá esto se debía a que vivía cerca de mí. Ahí estaba la maldita clave.

            Sí, todo tenía un 23, todo estaba relacionado con ese número, así que, probablemente, el mensaje era que su casa era la número 23. Su nombre Wheti Huose, no dejaba de ser extraño por otra parte, así que, seguramente, sería una chica extranjera que vivía en una casa del número 23 de mi localidad.

Busqué en Internet la posible nacionalidad de Wheti. Quería tener el máximo conocimiento posible, e incluso, si era posible, conocer su identidad. No hubo resultados con su nombre, aunque sí con el de White House. La Casa Blanca americana aparecía en todos los enlaces, y en ninguno ese nombre. Busqué por todos los lugares que pude, en cualquier página web en la que hubiera indicio alguno de ese nombre propio. Ni rastro. Miré mis anotaciones, en las que había registrado nada más y nada menos que hasta 5 casas con el número 23 a lo largo y ancho de mi lugar de residencia. White House, Casa Blanca. Otra respuesta.

            La casa blanca del número 23 era la respuesta a todas mis incógnitas. Tenía que encontrar entre esos cinco supuestos una que coincidiera con esas suposiciones. Como siempre me suele ocurrir, olvidé los detalles y no apunté ninguno de los colores de todas, aunque una especialmente me llamó la atención. La más grande de todas era blanca, y tenía un estilo ciertamente curioso en el que se unía lo moderno con lo clásico. Albergaba un estanque en ella, aunque inerte. El resto eran simples casas, adosadas, independientes, variadas, nada fuera de lo común.

            Si algo tan misterioso estaba sucediendo, creo que debía estar relacionado con aquella casa. Durante la noche en la que lo descubrí no me cupo duda alguna. Dormí pensando en cómo iba a levantarme al día siguiente a las 7 de la mañana para correr hacia el lugar. Tenía que descifrar lo que quería decirme, al menos llamar a aquella puerta para conocer lo que escondía esa chica que había podido ver el pasado jueves de una vez por todas. Todo este proceso no podía quedar en nada.

Partí de mi casa a las 6:45. El sueño no había llegado de manera adecuada, y no pude controlar ese insomnio ocasional que me había provocado la necesidad imperiosa de saber la respuesta. Llegué al lugar en unos 20 minutos, y, para mi sorpresa, un jardinero estaba cuidando la zona. Era una casa tan enorme que parecía mentira que se colocase en esa zona tan copada por chalets adosados. Probablemente, pertenecía a una familia adinerada que la habría adquirido hace varias décadas.

            Llamé al timbre de la casa. Nadie respondió. Volví a hacerlo. Eran las 7:10 de la mañana, y sabía que probablemente estaba molestando demasiado, sin embargo, al haber visto al jardinero, me hice la ilusión de que estaría despierta. El señor, con una gorra de color verde, se acercó a la puerta y preguntó: ‘‘¿Quién es usted?’’. Yo le respondí que venía a ver a la señora de la casa, que me había comentado hace cierto tiempo que tenía que ir a verla porque lo necesitaba.

            Abrió la puerta, sin hacer pregunta alguna más. Me dejó pasar y se quitó la gorra. Me quedé impresionado con su reacción. Al acceder al lugar, tan solo había flores bien cuidadas, una enorme variedad de plantas aromáticas, e incluso palmeras en la parte trasera que se vislumbraban al fondo de esa mansión.

            Un hombre vestido de traje estaba esperando en la puerta, mejor dicho, en las dos puertas. Al verme, hizo una reverencia y se abalanzó sobre ellas. Se abrieron lentamente, haciendo un ruido extraño que combinaba a la perfección con el paisaje que se hallaba en el interior. Era majestuoso. Dos escaleras de caracol dividían el lugar en partes iguales. La cantidad de habitaciones que aquella casa podía albergar eran impensables para cualquiera. Parecía una estación de tren en lugar de una vivienda. Grandes cuadros de artistas inmensos en la historia de la humanidad colgaban de las paredes. Al fondo de la estancia, un fresco de la Última Cena se podía presenciar junto con una copia de La Gioconda, La Mona Lisa.

            Libros de todos los tipos se extendían por las estanterías. Como buen aficionado a la lectura, pude distinguir El Arte de la Guerra de Sun Tzu en una edición espectacular, que parecía más una enciclopedia que el libro real del filósofo milenario. A su lado se situaban las trilogías de Ken Follett, los conjuntos de libros de Dan Brown, de Agatha Christie, George Orwell, Paulo Coelho o Pierre Lemaitre. La chica debía ser una gran aficionada a la lectura, ya que las obras que reunían no eran ni mucho menos los típicos clásicos, sino algunas de las más influyentes en la historia de la humanidad.

            Un hombre vestido con un traje rojo me extendió una botella de agua pequeña. Parecía que había llegado al hotel Marriott de los Campos Elíseos de París. La edificación se elevaba de la misma forma que aquel majestuoso lugar para millonarios, y el hecho de que el señor entrajetado me trajera le botella me hacía rememorar lo que viví en aquella estancia cuando fui a dar mis charlas de Historia Contemporánea.

            Entonces fue cuando apareció una señora.

  • Buenas, David Lucas. Le estaba esperando. Sabía que vendría. Ha madrugado demasiado, pero ha sido usted veloz a la hora de descifrar el código. Vamos a ser buenos compañeros. ¿Sabe usted algo sobre La Piedra Angular?

Una obra de Francisco Javier Zambrana Durán. Pueden seguirme en mis redes sociales (@neyfranzambrana/Francisco Zambrana) o en mi blog de relatos.

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