(Mylene Wolf) Mi hijo nació hace pocos días, llegó a este mundo de una manera normal…
Pero yo tenía que viajar, tenía tantos compromisos.
Mi hijo aprendió a comer cuando menos lo esperaba, comenzó a hablar cuando yo no estaba… Como crece de rápido mi hijo. ¡Como pasa el tiempo!
Mi hijo, a medida que crecía, me decía: 
– “¡Papá, algún día seré como tú!  ¿Cuándo regresas a casa papá?” 
– “No lo sé hijo, pero cuando regrese, jugaremos juntos… Ya lo verás.”
Mi hijo cumplió años hace unos días y me dijo: 
– “¡Gracias por la pelota, papá! ¿Quieres jugar conmigo?” 
– “Hoy no hijo… tengo much
o que hacer.”
– “Está bien papá, otro día será…” 

Se fue sonriendo, y siempre en sus labios las palabras: “¡Yo quiero ser como tú…!
Mi hijo regresó el otro día de la universidad hecho todo un hombre.
– “Hijo, estoy orgulloso de ti, siéntate y hablemos un poco.”
– “Hoy no papá, tengo compromisos… por favor préstame el carro para visitar algunos amigos.”
Ya me jubilé y mi hijo vive en otro lugar; hoy lo llamé:
– “¡Hola hijo, quiero
 verte!”
– “Me encantaría padre, pero no tengo tiempo… Tú sabes: el trabajo, los niños… ¡pero gracias por llamar, fue increíble oír tu voz!”

Mi Hijo era como Yo.
Al colgar el teléfono me di cuenta que…

Reflexión:
El tiempo pasa muy rápido, los hijos crecen por día y hacemos de ellos, los adultos del mañana, con cada una de nuestras actitudes y nuestras actuaciones.  Tengamos presente que aquello  que ellos ven en nosotros, son las pautas que regirán su futuro, y que en los años venideros, nuestros hijos serán iguales a nosotros mismos.  

Cuidemos la forma como actuamos frente a ellos, las prioridades que establecemos, la escala de valores con que vivimos y medimos sus acciones, pero sobre todo, dediquemos tiempo para nuestros hijos, para compartir, enseñar, disfrutar y escuchar; y que aprendan que la presencia y la compañía de los seres amados forman parte fundamental del verdadero valor de la vida.