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(Antonio Serrano Santos) No era un encuentro casual. Tenía una cita con ella más allá del tiempo. Pero ella no lo sabía. Había llegado el momento. Cansado del camino, se sentó al borde del pozo. Era mediodía. El calor  había resecado sus labios y miró al fondo del pozo. Sintió en el rostro el frescor húmedo que ascendía del agua cristalina. En esto llega la mujer con su cántaro. De reojo miró al caminante. Algo turbada porque él, un judío de gran belleza varonil, la estaba observando detenidamente, lanzó la cubeta con la cuerda y la izó llenando su cántaro hasta arriba, salpicando al extranjero.
Dame de beber. – Dijo él con un tono extraño de súplica y casi imperativo. Ella parecía no hacerle caso; se le quedó mirando, perpleja, y, con desparpajo,le dijo con acento despectivo : ¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí que soy una mujer samaritana?-  Haciendo hincapié en la palabra mujer. Pues no se tratan judíos y samaritanos. Y la mujer es infravalorada en ambos pueblos. Ya le dijeron en una ocasión los fariseos: ¿ No decimos nosotros que eres un samaritano y estás endemoniado?
Si conocieras el don de Dios y quien es el que te dice dame de beber, tú le pedirías a él y él te daría a ti agua viva- insinuó él, despertando la curiosidad de la samaritana por esa agua y por el desconocido que así le hablaba y, también, algo de inquietud por su aparente falta de caridad, amor al prójimo necesitado, que ése era el don de Dios, al no darle agua.
Señor- le dijo ella, ya sin el tuteo despreciativo y cierto respeto que le llevó a cambiar el tono, pues lo de” si conocieras el don de Dios…” había alejado de su ánimo no sólo el desprecio sino  cualquier otra intención de cortejarla pues era un hombre religioso- no tienes con qué sacar el agua y el pozo es hondo;  ¿de dónde te viene a ti esa agua viva?¿ Acaso eres tú más grande que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo y bebió él mismo, sus hijos y sus rebaños?
Quien beba de esta agua- respondió él- volverá a tener sed; pero quien beba del agua que yo le dé no tendrá sed jamás, porque el agua que yo le dé se hará en él una fuente que salta hasta la vida eterna.
Señor- dijo anhelante ella- dame de esa agua para que no sienta más sed ni tenga que venir aquí a sacarla.- Esa agua le llamó  la atención y no la vida eterna.
Todavía la mujer no había captado el mensaje subliminar de las palabras de aquel extraño judío. Fascinada por completo, de una ingenuidad asombrosa, creyó a las palabras de su interlocutor. Como si fuera un vendedor ambulante con ofertas de solución a su problema de acarrear el cántaro todos los días. Pero algo adivinaba en él que le hacía creerlo.
Llama a tu marido- Pidió él. Su sorpresa fue enorme. ¿Su marido? ¿ Qué tiene que ver “ su marido”? Le subió  el rubor que todavía le quedaba en su ajetreada vida de trato con hombres, y dijo a media voz: – No tengo marido.
Bien dices- respondió él- “no tengo marido”; porque cinco tuviste y el que ahora tienes no es tu marido; en esto has dicho verdad.
La delicadeza con la que el judío le dice qué vida llevaba, resaltando su sinceridad, suavizó la clara acusación. Y aquí ya sale a relucir lo que esta mujer, de vida alegre,  lleva, en realidad, en lo más hondo de su espíritu; lo que, quizás, es la causa de su indiferencia u oposición a una vida moral religiosa. Pero ya había sido elevada, con una habilidad exquisita, sin darse cuenta, del plano material, agua, sed, al espiritual. Porque ya no pregunta por el agua.
Señor( sigue con “Señor”), veo que eres profeta. Nuestros padres adoraron en este monte ( el Garizín), y vosotros decís que en Jerusalén es el sitio donde hay que adorar- Como diciendo¿ en qué quedamos? ¿ A quién hay que creer? Por eso yo hago lo que quiero. Profeta, hombre de Dios, santo, que adivina las cosas, ése era el concepto de profeta que tenía ella y su entorno.
Créeme, mujer, ( este “ mujer”, dicho en un tono afectuoso, respetuoso, que  recuerda el de las bodas de Caná, y en la cruz)- respondió él- que es llegada la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis lo que no conocéis, nosotros adoramos lo que conocemos, porque la  salud ( salvación) viene de los judíos; pero ya llega la hora, y es ésta, cuando los verdaderos adoradores adorarán  al Padre en espíritu y en verdad, pues ésos son los adoradores que el Padre quiere. Dios es espíritu, y los que le adoran han de adorarle en espíritu y en verdad.
Yo sé- dijo ella como defendiendo su libertad en este caso de duda entre judíos y samaritanos- que el Mesías, el que se llama Cristo, está para venir y que cuando venga, nos hará saber todas las cosas.
Soy yo, el que contigo habla. – Una declaración,  en esta cita con esta mujer, que mereció ella, la primera y más rotunda y clara revelación, y que, sin embargo, mandará, luego, a sus discípulos que no lo digan, y hará callar a los espíritus de los posesos que lo gritaban: “ ¡Sabemos quién eres, el Hijo de Dios!”. Ya había empezado la mujer a recibir el agua de vida eterna. Los discípulos llegaron y se asombraron de que hablara con una mujer, a solas. Nadie le preguntó. Y le dijeron: -Maestro, come. El les dijo: – Yo tengo una comida que vosotros no conocéis.- ¿Le habrá traído alguien de comer?- Se dijeron.-Mi comida es hacer la voluntad del que me envió y acabar su obra.La mujer dejó el cántaro y fue a los suyos para que vinieran a ver si éste era el Mesías. Y fueron,y lo comprobaron personalmente.

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