(Antonio Serrano Santos) No puede ser. Es humanamente inexplicable. Las profecías de Nostradamus se pueden interpretar de muchas maneras, porque no son claras; más bien, ambiguas y saber que se cumplen es “a posteriori”. Las mismas profecías del Antiguo Testamento vienen envueltas en símbolos, misteriosas alusiones, tipos comparativos, alegorías y metáforas, hasta detalles que se pueden aplicar a personajes, pasajes y hechos posteriores. Pero nunca con toda claridad y rotundidad.

Y lo que dijo esa muchachita insignificante, de un pueblo más insignificante aún, hace más de dos mil años, es de tal claridad, de tan segura expresión, de tan diáfano significado que no queda la más mínima duda de lo que quiso decir::

“… desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones”.

Dichosa, bendita, feliz, y todos los epítetos traducibles del mismo significado según la traducción griega. Para mayor confirmación, su prima le llama “bendita eres entre todas las mujeres”.

Para asombro de creyentes y no creyentes, para asombro de la Historia, no hay país, nación, ciudad, pueblo, aldea, villorrio, ni rincón no sólo de España, sino de Europa y de casi todo el mundo, que no tenga una imagen, un culto, un recuerdo, algo referente a esta pobre niña que se atrevió a profetizar, claramente, que siglo tras siglo la  llamarían bendita, la honrarían, la querrían con inmenso cariño y devoción, hasta rayar la idolatría y el fanatismo. Hasta en el fondo del mar y las más altas montañas tienen su imagen. Y, lo que más asombra, es que no decae, sino aumenta cada vez más. Ahí tenéis a la Virgen del Carmen, entre otros muchísimos, infinitos, nombres de María.

 

“ Es popular el dicho marinero: “ Si quieres aprender a orar, échate a la mar”. En las olas tempestuosas del mar y del mar de la vida, Ella es la estrella de los mares. No hay oración más profunda y sincera que la del marino, aterrado ante el abismo que se abre ante la popa del barco, como la boca del infierno, o extasiado en un mar sereno viendo el camino de luz  que le lleva a contemplar el inmenso globo de luz que se asoma por el horizonte marino, como dice el poeta: “ Una noche, una de esas noches en que la luna, como hostia santa, lentamente se levanta sobre las olas del mar…”. y es su admiración muda una oración silenciosa que llena también de esa serenidad su alma marinera.Y, luego, cuando vuelve a tierra, y en su fiesta, sobre todo, mira la sonrisa de la Virgen del Carmen, y su agradecimiento se vuelve, fiesta, acompaña en la barca a su Virgen, con los marengos hasta la cintura en el agua, pitan las sirenas de todos los barcos y estalla todo en una inmensa aclamación: ¡ Viva la Virgen del Carmen!

Los nombres que recibe, las advocaciones, son innumerables. No cabrían, en este espacio de que dispongo, la lista de ellos. No me creerán si les digo que casi supera la de la guía telefónica y el libro Guinnes de los récords en lugares que se refieran a una persona.

Existen dioses y diosas,  tanto de la mitología como de  la historia de los pueblos, ajenos al cristianismo. Pero ninguno, jamás, y dicho con todo respeto, tiene las características de realidad y de realización original y actual. Nadie de mediana cultura puede negarlo. Creerá o no lo que enseña la religión cristiana sobre ella, pero negarlo, imposible. No hay más que coger un mapa o darse una vuelta, turística o religiosa, por los pueblos y ciudades del mundo para comprobarlo.

Me parece, si me permiten decirlo, sin molestar a nadie, que la importancia y dignidad de la mujer nada ni nadie la ha defendido, confirmado y propagado como esta joven mujer. Y, en particular, de la mujer sencilla, humilde y pobre del pueblo.

A raíz de la aparición y culto de ella han desaparecido tradiciones y costumbres inhumanas, injustas para la mujer. Desde los sacrificios de jovencitas(y todo ser humano) a dioses como entre los aztecas, al dios-serpiente, tenoztitlán, con el nombre de Guadalupe,(que se traduce por “la que aplasta la serpiente”, que recuerda a la del paraíso), con montañas de calaveras de los sacrificios humanos, hasta las peregrinaciones a Lourdes, Fátima y otros muchos lugares marianos que, con milagros o sin ellos, (cosa en la que no me meto), pide a los hombres que recen, se arrepientan de sus maldades o pecados, y lo consigue en muchísimos casos.

Esto, también, es un hecho. Es fe y es historia.

Curiosamente, las mujeres sencillas del pueblo, y llamo pueblo en general tanto a la ciudad como a la provincia, cultas o analfabetas, son las que más destacan en el culto y devoción de la Virgen María, que es de la que estamos hablando. Ellas son, mucho más que los hombres, en número y “calidad”, las que cuidan, transmiten  a sus hijos y entorno, el amor, la fe y las tradiciones marianas. Entrad en cualquier iglesia a cualquier hora y no se necesitará demostrarlo. Las mujeres dedicadas, religiosas o no, al cuidado de los enfermos, en la enseñanza, los drogadictos, los leprosos, los huérfanos, los pobres en general… Y en nombre y con nombres de esa Virgen María lo hacen. Si el gobierno, cualquier gobierno, tuviera que hacerse cargo de lo que hacen y atienden estas mujeres, no habría dinero ni tiempo para suplirlas. Si no me equivoco, una última estadística lo calculaba en unos treinta mil millones de euros. Puede que me equivoque. Sea o no cierta la cantidad, el hecho es cierto. Y otro capítulo sería con qué motivo y con qué amor y desinterés se haría. Posible, quizás; igual, no.

¿Qué ha pasado y qué está pasando? A despecho de ciertos políticos y de los intentos contrarios, una mujer, una mujer sencilla, una mujer del pueblo, cumple en ella y en ellas lo que dijo, también, hace más de dos mil años:

“…hizo cosas grandes por mi”

“…porque se fijó en la pequeñez de su servidora”,

“…derriba a los poderosos y engrandece a los humildes”…

“Desde ahora me llamarán dichosa, bendita, todas las generaciones”.

Una mujer del pueblo, una de aquellas madres que se atrevían a  llevar sus pequeños a Jesús, en una sociedad que menospreciaba a los niños y las mujeres,  y que veía cómo hablaba y cómo se enfadaba con los que se lo querían impedir, y  cómo El los abrazaba y bendecía, gritó, conmovida: “ ¡ Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te amamantaron!”. Jesús, se volvió, sonriendo: “Dichosos, mejor, los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen”.

Otra mujer de nuestro pueblo, madre, seguro, también hubiera dicho lo mismo pero con estas palabras nuestras, tan castizas:  “¡Bendita sea la madre que te parió!”

Print Friendly, PDF & Email