(Felipe Córdoba UPyD Alhaurín) Gumersindo de Azcárate decía que “Las Leyes deben ser ciegamente obedecidas y libremente discutidas”.

Nuestra Constitución, la Ley más importante que tenemos, fue reformada a oscuras sin debate alguno. En UPyD la acatamos y exigimos su cumplimiento a la vez que defendemos que solo debe ser modificada a partir de propuestas, debates y votaciones libres y en conciencia de todos.

 

Cuando en agosto de 2011, PSOE y PP aprobaron la modificación del artículo 135 de la Constitución, Rosa Díez, única representante de UPyD en el Congreso, llamó a 35 diputados a romper la disciplina del bipartidismo.

 

En el pleno extraordinario del 30/08/2011 Rosa dijo: “Espero que haya 35 ciudadanos en esta cámara que voten para que el día 20N haya una tercera urna en la que todos los ciudadanos españoles puedan pronunciarse sobre esta reforma de la Constitución”.

 

Fue en vano. El PSOE, incluyendo a Pedro Sánchez -que ha anunciado el voto contra la reforma que apoyó- sacó adelante la modificación constitucional con el apoyo del PP.

 

Una vez más la disciplina de voto se impuso a la conciencia de muchos diputados que votaron por disciplina y no por conciencia.

 

En UpyD lamentamos la política de alharacas y de markéting de Pedro Sánchez porque en 2011, cuando era tan sólo un diputado, podría haber votado en conciencia y haber ayudado a recurrir esa reforma ante el Tribunal Constitucional, pero no lo hizo.

 

Ahora en 2014, UPyD votará lo mismo que votó en 2011, y apoyara la iniciativa de la Izquierda Plural y del Grupo Mixto para reformar el artículo 135 de la Constitución con el fin de eliminar la prioridad en el pago de la deuda pública frente a otro tipo de políticas.

 

Editorial de UPyD

Artículo 135: aquí yace el bipartidismo

 

En agosto de 2011, el PSOE de Rodríguez Zapatero y Pedro Sánchez (ya entonces diputado) y el PP de Mariano Rajoy se reunieron en un despacho de madrugada y salieron de allí con una reforma de la Constitución: la del artículo 135, que pasó a establecer como “prioridad absoluta” el pago de la deuda pública. Obviamente, no hay foto de Zapatero y Rajoy reunidos. La opacidad lo deja todo a la imaginación. No podemos saber qué se dijeron, ni cuál fue el ambiente, ni si llevaban o no corbata. Pero aquella foto que nunca se hizo es la que mejor retrata al bipartidismo español. La bronca permanente en el hemiciclo dejaba paso al acuerdo a puerta cerrada. A los ciudadanos se les anunció el acuerdo que se aprobó en cuestión de días sin mayor debate público y sin consultar a los españoles.

 

Entonces, Rosa Díez -que votó en contra de la reforma- reclamó 35 diputados para que aquello se sometiera a referéndum, para que se hiciera la luz, se abriera el debate y aquellos a los que iba a afectar la medida -todos los ciudadanos- tuvieran la última palabra. No sucedió. Ninguno de los muchos diputados socialistas y populares que en privado decían estar en contra de la reforma tuvieron el coraje de levantarse y dar el paso. Tampoco Pedro Sánchez, que entonces encomió públicamente la posición de su partido y de su predecesor: Alfredo Pérez Rubalcaba.

 

Más allá de los efectos que produjo la reforma, aquella connivencia, aquel pacto a oscuras, aquel hermanamiento deficitario tuvo la virtud de demostrar a quien todavía no estuviera convencido que PSOE y PP, PP y PSOE, eran lo mismo. Condujeron al país a una gravísima crisis (primero política, luego económica y social) y se vieron obligados a reformar la Constitución que, hasta entonces, no habían querido tocar. No la reformaron para garantizar la igualdad en el valor del voto, ni para despolitizar la justicia, ni reformar el caótico modelo territorial. La modificaron para limitar el margen de maniobra de los gobiernos democráticamente elegidos.

 

Como lo que vino a continuación fue más paro, más pobreza, más injusticia y más corrupción, los españoles tuvieron por fin que admitir que ambos partidos eran las dos caras de un régimen dedicado sólo a sí mismo. Con aquella reforma, con su corrupción y con su empeño en mantener sus privilegios, el bipartidismo -en España y en Europa, según recordó ayer la diputada de UPyD Irene Lozano- fue incubando el huevo del populismo. Que es un síntoma aunque pueda degenerar en enfermedad.

 

Los españoles se enfrentarán el próximo año con varias alternativas políticas. Una es el inmovilismo bipartidista. Otra serán las soluciones mágicas y el revanchismo populista. Y otra será la de un partido que mantiene sus principios, que combate las causas de nuestros males desde su origen, un partido limpio de corrupción, democrático, realista, insobornable y luchador. Un partido llamado Unión Progreso y Democracia.