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(Antonio Serrano Santos) Arturo se acercó a la oreja de su perro y le dijo, echándole un brazo por encima de su cuello:
¡Capitán!¿sabes que eres un perro la mar de simpático?
Capitán, por toda respuesta, sacó una lengua como la palma de una mano y borró de un lametón la sonrisa de la cara de su dueño que se puso, cómicamente, airado. Previendo que a su dueño no le había gustado la broma, encogió la enorme cabezota con los ojos tristones y se quedó esperando; pero, al fin, una carcajada a duras penas contenida de su pequeño amo, le hizo poner las orejas muy tiesas y brillar los ojos con victoriosa picardía. Y, como siguiese el niño riendo, lo acompañó ladrando alegremente. Arturo,  de un brinco, se puso de pie. El animal se dispuso, confiado, a seguirle. Pero se vio cogido por la punta de una oreja, y la voz de su amo, haciéndole cosquillas con el aliento, le dijo, con un acento cariñoso, mezcla de risa y de enfado: ¡tonto!, y echó a correr por el pasillo, mientras Capitán sacudía las orejas haciéndolas sonar como si fuesen de material.
      Cuando llegó al jardín, se lo encontró, sorprendido, sentado en su sitio de costumbre. Había saltado por la ventana. Jadeante, con la lengua que parecía que se le iba a caer de un momento a otro, pero tan segura como su canina filosofía esperaba, orgulloso, las caricias y bromas de su admirado dueño. Este, se quedó pensativo contemplándolo. ¿Cómo no se había dado cuenta hasta ahora de que su perro era tan bonito? Realmente era extraordinario: el pelo se le erizaba al menor movimiento de sus músculos que parecían estar siempre tensos. Tan seguro sobre sus patas como si echasen raíces invisibles bajo la tierra que pisaba. El lomo, tan suave de líneas como firme y resistente; no pocas veces había llevado a la jineta al mismo Arturo, no hacía más de dos años. El pecho, que parecía la coraza de un guerrero medieval, temblaba como un yunque de acero flexible por los golpes de maza de un corazón agitado por la veloz carrera y por un salto de casi dos metros. En aquel momento, sentado sobre las patas traseras, husmeaba el aire con la cabeza erguida como un busto leonino. Su sombra se inclinaba en el borde del estanque y parecía beber la luz reflejada en el agua. Viendo que su amo no se acercaba, se levantó fijando en él sus nobles ojazos como infundiéndole confianza. El animal era una estampa de una fuerza y colorido que debilitaba los colores del paisaje que lo rodeaba, haciéndose blanco instintivo de la vista. Arturo, dudando casi de que le obedeciera, lo llamó:
      -¡Capitán!¡Ven aquí!¿Vamos? ¡Ven aquí!
     Antes de que terminara de hablar ya la sombra había dejado de beber la luz del estanque y resbalado fuera con la rapidez de un parpadeo. Se reprochó el haber dudado de su perro. ¿Por qué se le ocurrían ahora esas cosas? Arturo no se daba cuenta del todo de la transformación que se estaba realizando en él. Se había vuelto más reflexivo y observador. Arturo iba ya dejando de ser  niño. Para convencerse más de la fidelidad de Capitán, le enderezó el rabo, siempre enroscado como una serpentina. Bien sabía que solamente él podía tomarse esa libertad, por la poquísima gracia que esto le hacía al animal. Era lo más que se le podía pedir. Por este motivo, a más de uno le faltó poco para quedarse manco. El pobre Capitán se limitó a mirarle con ojos lastimeros, mientras hacía un débil esfuerzo por soltarse. Entonces, convencido y conmovido, su amo lo abrazó estrechando la cara con la cabezota del fiel animal. Este correspondió como pudo, lamiéndole una oreja y haciéndole reír de las cosquillas.

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                                                CURRA
        Curra tiene un año y medio. Su nombre es más grande que ella. No llega a cincuenta centímetros. Pero su vivacidad es tan “ supersónica” que es más difícil de atrapar que una gallina. -¡ Vamos a la calle!- Visto y no visto. Hay que jugar al escondite antes de que se entregue o la pillemos acorralada en un rincón. Lametones  en manos, cara…¡Qué difícil ponerle la correa! ¿Pero esto es una yorksai o un juguete electrónico? En la calle se cree que toda es suya. Su complejo de superioridad le hace enfrentarse con perros, gatos, palomas…y con quien le parece raro y extraño, que no sé de dónde le salen esos ladridos y gruñidos estereofónicos. Y, luego, tanto ruido y¡ qué vergüenza de pipí y caca! Como para recogerla con una bolsa de basura…
         Ya en casa. Estoy de espaldas, distraído y siento un par de patitas empujándome dos y tres veces. Me vuelvo y sale corriendo, se planta en el sofá y, desafiante, me muestra la pelota preferida como diciendo: “ ¡Anda, si te atreves!” con el culete en pompa y el plumero de su cola, porque es un verdadero plumero-abanico, es una parodia ridícula de leona acechando a su presa. Y ya, pelota va y viene hasta el agotamiento.¿ Pero de dónde saca tanta energía? Hasta gruñe, me amenaza, tiembla y me enseña los dientes. Coge la pelota, corre, se esconde, la persigo, asoma la cabecilla con gesto torcido y travieso. Si no le hago caso, se sube al almohadón, pone su pelotita en el borde, y al rato, la deja caer ladinamente a mis pies. La cojo y vuelta a lo mismo.
          Hora de dormir. Una odisea. Salta a la cama y como si fuera una plaza de toros, corre rodeándola volviéndome la cola, salta, brinca, me muerde sin apretar, me lame y así, hasta que se mete debajo de la colcha y…hasta mañana. Porque ya sólo existe un bulto que pesa como un muerto, un ladrillo que ni con los pies empujándole se mueve. No es un pastor alemán, como Capitán, pero seguro, seguro, le gana en energía, velocidad, resistencia y “ mala uva” cuando quiere.
           Es cariñosa  con los conocidos, faldera hasta usar de colchón el abdomen de su ama y el pecho, de almohada. Le da cada lametón como si fuera un helado de chocolate. Es, a nuestra edad, un “ rayo de sol”, un aliciente de vida, una gracia y jolgorio que nos distrae de la artrosis, el lumbago, y no da tiempo a decir ¡ay!  Una terapia gratis porque no nos gusta comprar animales. Fue un regalo. Un regalo de Dios, de la Providencia que nos hace pensar si estos animalitos son ángeles de compañía que nos dan tanta alegría, compañía y consuelo¿ cómo será ese cielo de donde nos los envía?

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