(Francisco Javier Zambrana Durán – Alhaurín de laTorre)

7

  • Deberíamos habernos cubierto la cara.
  • ¿Para qué? Nos habrían descubierto. No pienses con esa mentalidad. ¿Crees que van a recordarnos cuando nos vean? Hillary, con tanto maquillaje no te reconozco ni yo.
  • Espero que hayan encontrado ya esos cadáveres. Se desmayarán del miedo y no podrán avanzar. Conforme más vaya pasando el tiempo, antes se activará la alarma de humo y perecerán asfixiados.

El Royce avanzaba a 200 kilómetros por hora por la A-7, sin mirar a ningún lado, siguiendo recto como si la vida le fuera en ello. Bueno, el lujoso vehículo por sí solo no iba a hacerlo, sino el chófer, un señor mayor de unos 60 años que se cubría la cabeza con una gorra típica de conductor de la época ochentera. Llevaba gafas de sol, con unos ojos marrones que jamás habían visto sus pasajeros. Unos ojos que escondían el mayor secreto de la casa blanca con el número 23.


Lucas miró al frente y se topó contra una pared. Sin saber cómo reaccionar, se giró hacia la derecha y dio un golpe en el hombro a Alberto. Ambos estaban perdidos en aquel sótano tan enorme, donde probablemente no había absolutamente nadie más que ellos. Los cadáveres se apilaban a los lados con una posición extraña, como ordenados maniáticamente por un psicópata que los había colgado hace años.

Algunos parecían estar enteros, otros, en cambio, eran solo piezas de hueso. Únicamente el Carbono 14 podría averiguar lo que allí había ocurrido y hacía cuánto.

  • David, dime que tienes una solución para esto. ¿Tú sabías dónde nos estábamos metiendo? – Exclamó alterado el profesor de arte.
  • Vamos a ver. Si estamos aquí es por algo. Estamos en esta situación porque la vida nos obliga a estarlo, o porque esos que se han ido nos han metido aquí dentro. Tiene que haber alguna razón.
  • ¡Qué dices! Te crees que estamos en Francia y nos guiamos por el destino. ¡Ahora mismo solo me importa terminarme El Mundo Perdido! ¡Y aquí estoy! Voy a morir esperando qué ocurre con esos dinosaurios.
  • No, estamos equivocados. Quieren que nos desesperemos. Quieren que pensemos que estamos perdidos, pero no podemos hacerlo. Tenemos que encontrar… Algo…

Delante de ellos aparecieron más símbolos. Casualmente, todos y cada uno de los cadáveres llevaba colgado un distintivo. Unos mencionaban su nombre, otros dejaban ver su edad, pero en la zona superior de esta marca se distinguía una palabra clara, limpia, que se podía leer a la perfección.

  • ¡SON LOS JONES!

Siguió, pasó el desvío. Los dos chicos iban hablando, atentos a sus problemas de humos y demás aspectos que suelen tener los adolescentes que quieren defender el nombre de su familia. Él siempre había querido conducir ese magnífico coche, y ya que tenía que ir tan lejos, iba a disfrutarlo bastante.

  • Señor, creo que se ha confundido de salida. Era la anterior – dijo Hillary en un alarde de conocimiento de una carretera por la que jamás había circulado. Así eran los Jones.
  • No, no me he confundido. En la próxima llegamos antes que por esta.

Uno de los mayores placeres de la vida era acelerar al máximo mientras la música sonaba, pero esto terminaba siendo una simple pantomima que no se podía comparar al dominio sobre el ser humano. En ese momento, era un auténtico señor de los señores, y tenía entre sus redes a las familias más ricas de Málaga. Si él quería, la ciudad se podía venir abajo. Pero claro, tenía que actuar con precaución y cumplir con su deber.


 

  • Los Jones, ¿qué Jones?
  • Frías, fuck, los Jones. Los propietarios de esta casa que la vendieron al señor Flavell. Sigamos avanzando, tiene que haber alguna señal, algo.

Unos barrotes se distinguieron al final del habitáculo, y con sus móviles pudieron alumbrar y descubrir lo que realmente les había estado esperando todo este tiempo. Una chica de unos 19 años estaba atada a la pared con unas cuerdas junto a un señor de unos 35 años. La chica permanecía dormida en esos momentos, como agotada por el cansancio. A la izquierda de ellos había una linterna. Cuando Frías la agarró e iluminó la estancia, se quedó perplejo.

  • Señora, ¿se encuentra bien? – Agitó el cuerpo de la joven, que estaba en un estado casi moribundo –.
  • Son los Flavell, estoy seguro. ¿Cuánto pueden llevar aquí? Rápido, Alberto, desata a la chica.

Una serie de sándwiches se extendían por el lugar. Parecía como si hubieran dispuesto una cocina en aquel sitio. Había botellas de agua, pero en pocas cantidades, así como también jamón cocido y queso con pan extremadamente duro. Sería su alimento diario.

  • No responde, Lucas. Debe estar sumida en un sueño profundo.
  • Un ser humano responde a estimulaciones de ruido y movimiento instantáneamente. Un sueño natural no nos puede llevar a tal estado de inconsciencia.
  • El hombre tampoco se mueve. ¿Qué han podido hacerles?
  • Han sido dormidos. Los han contaminado con alguna sustancia para que se queden aquí y nosotros los encontremos en algún momento. Está todo preparado, Frías, nos están haciendo entrar a un juego.
  • Pues espero que no haya más sorpresas, ya tengo bastante con esos cadáveres que hemos visto y que pueden llevar allí desde que perdimos Cuba.
  • En todo juego hay un final. ¿No recuerdas esa metáfora que se cuenta de que la vida es como el Juego de la Oca? Hemos llegado al muerto, pero todavía nos queda avanzar hacia la casilla final.

Segundos más tarde, el teléfono comenzó a sonar. Una raya de cobertura era lo que le restaba en aquel lugar preciso del sótano. Estaban cerca de la salida, o bien habían ascendido de alguna forma.

  • ¿What’s this stupid thing? ¿Am I dreaming? – Gritó Lucas en su lengua materna.
  • El teléfono, ¡David! ¡El teléfono! Tenemos cobertura, ¡podemos salvarnos!
  • ¡¿Qué está pasando aquí?! ¡WHAT THE HELL! ¡MARCEL LIVETSKY!

Una obra de Francisco Javier Zambrana Durán. Pueden seguirme en mis redes sociales (@neyfranzambrana/Francisco Zambrana) o en mi blog de relatos.

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